miércoles, 23 de julio de 2014

El mozo que quería aprender lo que es el miedo - Por los hermanos Jacob & Wilhelm Grimm

Erase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: «¡Éste sí que va a ser la cruz de su padre!».
Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir ya anochecido a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:
—No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!
Pues, en efecto, era miedoso.
En las veladas, cuando reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: «¡Oh, qué miedo!». El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.
—Siempre están diciendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!». Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.
Un buen día le dijo su padre:
—Oye, tú, del rincón. Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.
—Tenéis razón, padre —respondió el muchacho—. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no os pareciera mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.
El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: «¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno».
El padre se limitó a suspirar y a responderle:
—Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento.
A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Contóle el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.
—Sólo os diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.
—Si no es más que eso —repuso el sacristán—, puede aprenderlo en mi casa. Dejad que venga conmigo. Yo os lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.
Avínose el padre, pensando: «Le servirá para despabilarse». Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas.
A los dos o tres días despertólo hacia medianoche y le mandó subir al campanario a tocar la
campana. «Vas a aprender lo que es el miedo», pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente.
Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro.
—¿Quién está ahí? —gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió—. Contesta —insistió el muchacho— o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche.
Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma. El chico le gritó por segunda vez:
—¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo.
El sacristán pensó: «No llegará a tanto», y continuó impertérrito, como una estatua de piedra.
Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho.
El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y quedóse dormido. La mujer del sacristán estuvo durante largo rato aguardando la vuelta de su marido; pero viendo que tardaba demasiado, fue a despertar ya muy inquieta al ayudante y le preguntó:
—¿Dónde está mi marido? Subió al campanario antes que tú.
—En el campanario no estaba —respondió el muchacho—. Pero había alguien frente al hueco del muro, y como se empeñó en no responder ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Id a ver, no fuera caso que se tratase de él. De veras que lo sentiría. La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón, quejándose y con una pierna rota.
Lo bajó como pudo y corrió luego a la casa del padre del mozo, hecha un mar de lágrimas:
—Vuestro hijo —lamentóse— ha causado una gran desgracia; ha echado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna. ¡Llevaos en seguida de mi casa a esta calamidad!
Corrió el padre, muy asustado, a casa del sacristán, y puso a su hijo de vuelta y media:
—¡Eres una mala persona! ¿Qué maneras son ésas? Ni que tuvieses el diablo en el cuerpo.
—Soy inocente, padre —contestó el muchacho—. Os digo la verdad. Él estaba allí a medianoche, como si llevara malas intenciones. Yo no sabía quién era, y por tres veces le advertí que hablase o se marchase.
—¡Ay! —exclamó el padre—. ¡Sólo disgustos me causas! Vete de mi presencia, no quiero volver a verte.
—Bueno, padre, así lo haré; aguardad sólo a que sea de día, y me marcharé a aprender lo que es el miedo; al menos así sabré algo que me servirá para ganarme el sustento.
—Aprende lo que quieras —dijo el padre—; lo mismo me da. Ahí tienes cincuenta florines; márchate a correr mundo y no digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, pues eres mi mayor vergüenza.
—Sí, padre, como queráis. Si sólo me pedís eso, fácil me será obedeceros.
Al apuntar el día embolsó el muchacho sus cincuenta florines y se fue por la carretera. Mientras andaba, iba diciéndose: «¡Si por lo menos tuviera miedo! ¡Si por lo menos tuviera miedo!». En esto acertó a pasar un hombre que oyó lo que el mozo murmuraba, y cuando hubieron andado un buen trecho y llegaron a la vista de la horca, le dijo:
—Mira, en aquel árbol hay siete que se han casado con la hija del cordelero, y ahora están
aprendiendo a volar. Siéntate debajo y aguarda a que llegue la noche. Verás cómo aprendes lo que es el miedo.
—Si no es más que eso —respondió el muchacho—, la cosa no tendrá dificultad; pero si realmente aprendo qué cosa es el miedo, te daré mis cincuenta florines. Vuelve a buscarme por la mañana. Y se encaminó al patíbulo, donde esperó sentado la llegada de la noche. Como arreciara el frío, encendió fuego; pero hacia medianoche empezó a soplar un viento tan helado, que ni la hoguera le servía de gran cosa. Y como el ímpetu del viento hacía chocar entre sí los cuerpos de los ahorcados, pensó el mozo: «Si tú, junto al fuego, estás helándote, ¡cómo deben pasarlo esos que patalean ahí arriba!»
Y como era compasivo de natural, arrimó la escalera y fue desatando los cadáveres, una tras otro, y bajándolos al suelo. Sopló luego el fuego para avivarlo, y dispuso los cuerpos en torno al fuego para que se calentasen; pero los muertos permanecían inmóviles, y las llamas prendieron en sus ropas
Al verlo, el muchacho advirtióles:
—Si no tenéis cuidado, os volveré a colgar.
Pero los ajusticiados nada respondieron, y sus andrajos siguieron quemándose. Irritóse entonces el mozo:—
Puesto que os empeñáis en no tener cuidado, nada puedo hacer por vosotros; no quiero quemarme yo también.
Y los colgó nuevamente, uno tras otro; hecho lo cual, volvió a sentarse al lado de la hoguera y se quedó dormido.
A la mañana siguiente presentóse el hombre, dispuesto a cobrar los cincuenta florines.
—Qué, ¿ya sabes ahora lo que es el miedo?
—No —replicó el mozo—. ¿Cómo iba a saberlo? Esos de ahí arriba ni siquiera han abierto la boca, y fueron tan tontos, que dejaron se quemasen los harapos que llevan.
Vio el hombre que por aquella vez no embolsaría los florines, y se alejó murmurando:
—En mi vida me he topado con un tipo como éste.
Siguió también el mozo su camino, siempre expresando en voz alta su idea fija: «¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo! ¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo!».
Oyólo un carretero que iba tras él, y le preguntó:
—¿Quién eres?
—No lo sé —respondió el joven.
—¿De dónde vienes? —siguió inquiriendo el otro.
—No lo sé.
—¿Quién es tu padre?
—No puedo decirlo.
—¿Y qué demonios estás refunfuñando entre dientes?
—¡Oh! —respondió el muchacho—, quisiera saber lo que es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.
—Basta de tonterías —replicó el carretero—. Te vienes conmigo y te buscaré alojamiento.
Acompañóle el mozo y, al anochecer, llegaron a una hospedería. Al entrar en la sala repitió el mozo en voz alta:
—¡Si al menos supiera lo que es el miedo!
Oyéndolo el posadero, se echó a reír y dijo:
—Si de verdad lo quieres, tendrás aquí buena ocasión para enterarte.
—¡Cállate, por Dios! —exclamó la patrona—. Más de un temerario lo ha pagado ya con la vida. ¡Sería una pena que esos hermosos ojos no volviesen a ver la luz del día!
Pero el muchacho replicó:
—Por costoso que sea, quisiera saber lo que es el miedo; para esto me marché de casa.
Y estuvo importunando al posadero, hasta que éste se decidió a contarle que, a poca distancia de allí, se levantaba un castillo encantado donde, con toda seguridad, aprendería a conocer el miedo si estaba dispuesto a pasar tres noches en él. Díjole que el Rey había prometido casar a su hija, que era la doncella más hermosa que alumbrara el sol, con el hombre que a ello se atreviese. Además, había en el castillo valiosos tesoros, capaces de enriquecer al más pobre, que estaban guardados por espíritus malos, y podrían recuperarse al desvanecerse el maleficio. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había escapado con vida de la empresa. A la mañana siguiente, el joven se presentó al Rey y le dijo que, si se le autorizaba, él se comprometía a pasarse tres noches en vela en el castillo encantado.
Mirólo el Rey, y como su aspecto le resultara simpático, dijo:
—Puedes pedir tres cosas para llevarte al castillo, pero deben ser cosas inanimadas.
A lo que contestó el muchacho:
—Dadme entonces fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla.
El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo. Al anochecer subió a él el muchacho, encendió en un aposento un buen fuego, colocó al lado el banco de carpintero con la cuchilla y sentóse sobre el torno.
—¡Ah! ¡Si por lo menos aquí tuviera miedo! —suspiró—. Pero me temo que tampoco aquí me enseñarán lo que es.
Hacia medianoche quiso avivar el fuego, y mientras lo soplaba oyó de pronto unas voces, procedentes de una esquina, que gritaban:
—¡Au, miau! ¡Qué frío hace!
—¡Tontos! —exclamó él—. ¿Por qué gritáis? Si tenéis frío acercaos al fuego a calentaros.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, llegaron de un enorme brinco dos grandes gatos negros que, sentándose uno cada lado, clavaron en él una mirada ardiente y feroz. Al cabo de un rato, cuando ya se hubieron calentado, dijeron:
—Compañero, ¿qué te parece si echamos una partida de naipes?
—¿Por qué no? —respondió él—. Pero antes mostradme las patas.
Los animales sacaron las garras.
—¡Ah! —exclamó el muchacho—. ¡Vaya uñas largas! Primero os las cortaré.
Y, agarrándolos por el cuello, los levantó y los sujetó por las patas al banco de carpintero.
—Os he adivinado las intenciones —dijo— y se me han pasado las ganas de jugar a cartas.
Acto seguido los mató de un golpe y los arrojó al estanque que había al pie del castillo.
Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el punto de que ya no sabía él donde meterse.
Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta que, al fin, se amoscó y empuñando la cuchilla y gritando: «¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!», arremetió contra el ejército de alimañas. Parte de los animales escapó corriendo; el resto los mató y arrojó sus cuerpos al estanque.
De vuelta al aposento reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó nuevamente a calentarse y, estando así sentado, le vino el sueño con una gran pesadez en los ojos. Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. «A punto vienes», dijo, y se acostó en ella sin pensarlo más.
Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera recorrer todo el castillo. «¡Tanto mejor!», se dijo el mozo. Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima. Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo y, exclamando: «¡Qué pasee quien tenga ganas!», volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.
A la mañana siguiente se presentó el Rey y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo habrían matado.
—¡Lástima, tan guapo mozo! —dijo.
Oyólo el muchacho e, incorporándose, exclamó:
—¡No están aún tan mal las cosas!
El Rey, admirado y contento, preguntóle qué tal había pasado la noche.
—¡Muy bien! —respondió el interpelado—. He pasado una, también pasaré las dos que quedan.
Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándole como quien ve visiones.
—Jamás pensé volver a verte vivo —le dijo—. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.
—No —replicó el muchacho—. Todo es inútil. ¡Ya no sé qué hacer!
Al llegar la segunda noche, encaminóse de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la vieja canción: «¡Si siquiera supiese lo que es el miedo!».
Antes de medianoche oyóse un estrépito. Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio y, al fin, emitiendo un agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.
—¡Caramba! —exclamó el joven—. Aquí falta una mitad. ¡Hay que tirar más!
Volvió a oírse el estruendo y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.
—Aguarda —exclamó el muchacho—. Voy a avivarte el fuego.
Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre horrible estaba sentado en su sitio.
—¡Eh, amigo, que éste no es el trato! —dijo—. El banco es mío.
El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se instaló en su asiento.
Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos calaveras y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos.
Al muchacho le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:
—¡Hola!, ¿puedo jugar yo también?
—Sí, si tienes dinero.
—Dinero tengo —respondió él—. Pero vuestros bolos no son bien redondos —y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente—. Ahora rodarán mejor —dijo—. ¡Así da gusto!
Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y durmió tranquilamente.
A la mañana siguiente presentóse de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.
—¿Cómo lo has pasado esta vez? —preguntóle.
—Estuve jugando a los bolos y perdí unos cuantos florines.
—¿Y no sentiste miedo?
—¡Qué va! —replicó el chico—. Me he divertido mucho. ¡Ah, si pudiese saber lo que es el miedo!
La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado: «¡Por qué no puedo sentir miedo!»
Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd. Dijo él entonces:
—Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.
Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:
—¡Ven, primito, ven aquí!
Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa; contenía un cuerpo muerto. Tocóle la cara, que estaba fría como hielo.
—Aguarda —dijo—. Voy a calentarte un poquito.
Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero éste seguía frío. Lo saco entonces del ataúd, sentóse junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le ocurrió que metiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se echó a su lado.
Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el mozo:
—¡Ves, primito, como te he hecho entrar en calor!
Pero el muerto se incorporó gritando:
—¡Te voy a estrangular!
—¿Esas tenemos? —exclamó el muchacho—. ¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd. Y, levantándolo, metiólo en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se lo llevaron.
—No hay manera de sentir miedo —se dijo—. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara aquí toda la vida.
Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto; pero era viejo y llevaba una luenga barba blanca.
—¡Ah, bribonzuelo —exclamó—; pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!
—¡Calma, calma! —replicó el mozo—. Yo también tengo algo que decir en este asunto.
—Deja que te agarre —dijo el ogro.
—Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.
—Eso lo veremos —replicó el viejo—. Si lo eres, te dejaré marchar.
—Ven conmigo, que haremos la prueba.
Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.
—Yo puedo hacer más —dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque.
El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.
—Ahora te tengo en mis manos —le dijo—; tú eres quien va a morir.
Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico, desclavó el hacha y lo soltó. Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres arcas llenas de oro.
—Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, y la tercera, para ti.
Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en tinieblas.
—De algún modo saldré de aquí —se dijo.
Y, moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde se echó a dormir junto al fuego.
A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:
—Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.
—No —replicó el muchacho—. ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie me ha dicho una palabra.
Dijo entonces el Rey:
—Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.
—Todo eso está muy bien —repuso él—. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.
Sacaron el oro y celebróse la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa y se sentía muy satisfecho, no cesaba de susurrar: «¡Si al menos supiese lo que es el miedo!». Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:
—Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.
Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruida por la camarera, le quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho.
Éste despertó de súbito y echó a gritar:

—¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mía! ¡Ahora sí que sé lo que es el miedo

sábado, 19 de julio de 2014

LA VISITA - Por María Neder

      En aquel momento le pedí bésame. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus dientes tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, era real, que era suya, que lo fui en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien (que habrá pasado frente a nosotros) dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.

Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Uno sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado, yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzado para entregar una citación). Paul tuvo que subir, porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no, porque qué bien Paul aquí, desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo, aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de poker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de mis mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.
Por la noche fue Neil, que aun con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en su gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele uno hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a uno esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. Callé mil preguntas y calmé a Neil de sus, vulgares más que lógicas, suposiciones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.
El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá también habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.
Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió, aunque por suerte para nosotros Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima y entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público y yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas seis cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida, con los ojos brillosos; con toda su sonrisa atragantada lo mira a Neil contándole que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.
Mutismo es también brutalidad, cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento no sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo venía, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, porque la locura altera todos los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que uno no sabe, que uno se piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.
Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul, porque nosotros vamos caminando, le dijimos.
El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento le pedí bésame.

Del libro “Entre los huecos”, ediciones del Dock

ABRIL - Por Ana María Broglio

Más allá, al horizonte, hay nubarrones
que pretenden colarse en mis razones,
melancólico abril abierto al cielo
decanta en aguacero como un velo.

Las gotas acompañan con sus sones
el alegre vibrar de mis canciones
y el paisaje, su verde terciopelo,...
a la inhóspita tarde da consuelo.

El rostro del espejo no devuelve
la dulce primavera que se ha ido.
La sonrisa, ese bien que todo absuelve,

florece y en mis cruces hace nido.
Soy aquel caminante que no vuelve
y sabe, sabe bien, cuánto ha vivido.

En mi soledad- Por Rafael Serrano Ruiz

Encadenado en mi soledad,
huyendo de mis recuerdos,
anuncia su llegada el miedo.

Miedo por no encontrarte
por mis errores pasados
cometidos al buscarte.

¿Como hallarte al permanecer
enclaustrado en mi destierro?

Y así, entre miedo y desdicha
pasan los tiempos perdidos
buscando el ansiado sueño…

Un amor verdadero,
una entrega sin complejos
donde fundirnos los dos
en un eterno “ te quiero”

Vamos a ver si ahora nos entendemos Por Mayte Sánchez Sempere

tú nunca me has querido,
te parecí hermosa
(como a tantos otros
a los que nunca quise)
acariciaste el triunfo de tenerme,
en tu mano la piel, los huesos, las caricias,
el privilegio de ser dueño de todo

te enamoraste de todas mis virtudes
y velaste
artista meticuloso
esos defectos
que arruinaban tu sueño

me amaste como se ama a lo imposible
como a ese escaparate
en que nos convertimos
a los ojos de pájaros y extraños

no puedes perdonarme
que no sea perfecta
y presumes de tu mujer de piedra

mi mujer, ésta, no engorda, no me engaña,
mi mujer, ésta, se cuida, nunca sale,
mi mujer, ésta, que te lo diga ella...

vamos a ver
si ahora
nos entendemos

ésta no es tu mujer, no es la mujer de nadie,
ésta tenía nombre
hasta que tú llegaste,
ésta sabe moverse sin que tires del hilo

y ésta
desde ya
se niega a callarse.

NOVELISTA POR ENTREGAS - Por Chamico (Conrado Nalé Roxlo)

       Comencé mi carrera literaria como el almacenero de la esquina. No se vaya a creer por esto que le echaba agua a la tinta, ni que daba sílabas de menos. No, nuestros comienzos se parecen en otro aspecto: él, antes de ser patrón, fue muchacho de mandados, y yo, antes de girar en la plaza literaria con mi propia firma, fui secretario de cierto caballero español, autor de novelas por entregas, que en aquellos tiempos se usaban mucho.
Era un señor de aspecto hidalgo y natural bondadoso, al extremo de cederme la única silla de su despacho para que escribiera al dictado lo que a él le soplaban las fecundas Musas. ¡Y lo que soplaban aquellas señoras! En cuanto una situación se ponía demasiado complicada, inflaban los carrillos, y ya teníamos un ciclón para arrasar el castillo maldito o una tromba marina para hundir, merecidamente, la nave pirata. Y con un leve suspiro levantaban un muerto que se había olvidado de decir algo importante en el capítulo anterior. Para ellas era mucho más fácil abrir una tumba fría que para cualquier mortal una lata de sardinas.
¡Pobre señor! Nunca se me quitará de la conciencia el peso de haber arruinado su vida, que, si no próspera y regalada, era bastante soportable, dada su natural frugalidad y una úlcera del duodeno que no le permitía comer gran cosa. Pero no anticipemos el desenlace, como él me decía cuando mi impaciencia pretendía ahorcar antes de tiempo al depositario infiel de la fortuna de las bellas huérfanas del conde...
Yo, sentado a la vieja mesa, escribía, y él se paseaba por la habitación muy suelto de cuerpo, lengua y argumentos, dictando.
Las flores del vergel derramaban a manos llenas sus perfumes capitosos; allí la rosa, el clavel disciplinado, el tulipán versicolor, rivalizaban con el ámbar gris...
- Don Cosme saltaba yo, que el ámbar gris no es perfume de planta.
-Bien, bien, joven; ya lo veremos en las pruebas.
Escriba usted: "Los amantes, mudos de desesperación, cargados de recuerdos inefables como una nube de tormenta de fulmíneos rayos, envueltos en la red inconsútil del amor y del odio, que a medida que los aproximaba abría un abismo insondable entre sus almas, se miraban con los labios trémulos, chispeantes, irrefrenables..." Punto y aparte. "Pero Gontran se sobrepuso al hechizo y salió de la habitación dando un portazo".
-Don Cosme, que estaban en un jardín o vergel...
-Ya se verá en las pruebas. ¿No ve usted, joven, que con sus interrupciones me corta la inspiración?
Yo me disculpaba y escribía cosas como éstas: "Cuando la silla de postas se detuvo bruscamente a la puerta de la posada, la anciana marquesa se extrañó de que Pedro, su fiel cochero, no viniese a abrirle la portezuela. Esperó, hasta que ya cansada asomó la noble y blanca cabeza por la ventanilla, y lo comprendió todo, como a la luz de un súbito relámpago. Pedro, que era un infame esbirro disfrazado de manso cordero, la había abandonado a su triste suerte en el camino del destierro, huyendo dos leguas antes con los caballos".
Por no cortarle la inspiración, me abstuve de preguntar cómo diablos hizo la silla de postas para caminar esas dos leguas, sin cochero y sin caballos En fin, todo se vería en las pruebas.
La novela se llamaba Las huérfanas de la guillotina o Pobres, pero honradas, y fluctuaba entre la historia y el bodrio. Se engalanaba con bellezas como éstas:
"¡Cáspita!, exclamó el decapitado pasándose la mano por la frente".
"Ante el abominable ultraje, el ciego vio rojo..."
"Las dos hermanas gemelas se separaron, no sin antes derramar abundante llanto, para reunirse, Gisela en Meudon con sus padres y Frorisa en el cementerio de la Magdalena, donde dormían los suyos, víctimas del terror".
"Al ver como se mancillaba su memoria, la sangre del cadáver se heló espantosamente".
Ya terminada la novela, ocurrió un percance de consecuencias fatales: don Cosme tuvo que hacer un corto viaje y yo quedé encargado de corregir las pruebas de imprenta y entregar la obra a la estampa y la circulación. Y, fiel a los intereses del buen caballero, me pasé las noches de turbio en turbio y los días de claro en claro, como el otro, limpiando el trabajo de todos aquellos errores, anacronismos e imposibles que se le habían deslizado .a don Cosme en el caudaloso fluir de su inspiración.
Pero la venta no marchaba, los corredores venían diciendo que los clientes habituales de don Cosme no querían recibir la segunda entrega...
Regresó el ingenioso hidalgo de su viaje y me recibió con una mirada tan melancólica que, sin saber por qué, bajé la cabeza.
-¿Qué pasa, don Cosme?
-Joven me dijo, poniéndome una mano bondadosa y desmayada en el hombro, sus correcciones me han arruinado. Cada público necesita su literatura y ha quitado usted todo interés a la mía. Veinte años de esfuerzos y tanteos me costó aprender a escribir de este modo, conquistar- mis lectores, mi pan de cada día... Vaya usted, y que Dios lo perdone.
Don Cosme, el buen caballero de la imaginación desbordada, murió poco después en un hospital, no de la úlcera, que era una invención de su dignidad para encubrir su obligada sobriedad, sino de consunción. Dios le haya dado un cielo tan poblado de fantasía como sus novelas, que mi tonta juventud no supo comprender.

lunes, 14 de julio de 2014

Eternas palabras - Por Rafael Serrano Ruiz

Le dice que no habla,
que guarda oscuros silencios…
que no le susurra palabras de amor.

Él encuentra las palabras
en su mente…
mas al intentar pronunciarlas
se diluyen en su boca
como la lluvia en el mar.

Las palabras son viento…
un sinsentido cambiante,
sin tiempo ni espacio…
un compromiso eterno
en mundo finito…
que son necesarias
mas no valen nada.

Mas esas palabras,
palabras de amor…
le dan sentido a su vida.
No es el amar…que necesita
sino el saberse amada.