sábado, 18 de abril de 2015

LOS TIEMPOS DE AURA - Por Fray Mocho (Juan S. Álvarez)

        -Decime,  che...   ¿No tenes vergüenza de venir a tu casa a las diez de la mañana, después de haberte pasao la noche perdidiando, quién sabe en dónde.                                         - Mira, Diolinda... ¡teñe cuidao, hijita!... Ya sabes que la lengua rompe güesos... Y aura, permitime que t'esplique en lo qu'he andao pa que veas que Juan Antonio Gutiérrez sabe lo qu'es matrimonio y respeta los mandamientos...
-Lo que sos vos no morís ahorcao si te dejan hablar. . . pero esta vez no me vas a venir con las mentiras de siempre... ¡Ya me tenes hasta los ojos!
-¡Diolinda! Oí la voz de tu marido y de-jat'e macaniar.. . ¿Sabes en lo qu'he andao?. . . Es un secreto, ¿sabes?. . . Cosa e la política. . .
-¡Bueno!... ¿En qué has andao?... ¿Vamos a ver?
-¿A ver?... No, che, ¡qué ver ni ver!. . . Apenas que te haga relumbrar de que tal vez ¿cas mujer d'empliao cuando menos lo pen-sds. . . He pasao la noche en casa e Simón Kavena, ¿sabes?... el qu'era cochero e Pellegrini y hemos charlao de todo. . .
-¿Vos charlando con Pellegrini?... ¡Borracho!. .. ¡Canalla!
-Mira, Diolinda, no te olvides de tu caráter, haceme el favor... Yo no t'he dicho que haiga pasao la noche con el dotor, sino con Ravena. ¡Entendé!...
-Y ¿quién pagó las copas?...
-¿Ve?. . . ¡Estas son las mujeres, caray!... ¡Una piedra que uno lleva atada en las patas! ... ¡Y suba usté con semejante tramojo!... ¡Mira! No me quemes la sangre, che, y anda arréglame la cama... ¡Es mejor!
-¿Que te arregle la cama?... ¡No te la'reglás vos con toda tu alma, perdido, embustero! .. .
-'¡Bueno! ¡Mira! ¡Cálmate!.. . Te voy a contar, pa que no se te reviente la yel con la cu-riosidá. .. Estamos formando un clú, ¿sabes?... un clú de hacha y tiza, p'agarrar empleos y p'armarnos como caiga... No te creas que yo he dentrao, llevao como mono e gringo, ni porque tenga cara linda, sino por mis cabales. .. Soy del grupo diretivo ¿sabes? ¡de los que van en la punta, de los que tallan, m'hijita!... ¿Y a qué no adivinas a quién le debo mi suerte?. . . ¡Qué vas a adivinar!. . . ¡Se la debo a la lengua, che, y a naide más! Figúrate que dentro ayer al café Manolín y conversando con un amigo me cuenta qu'en el gobierno andaban dando empleos a todo el que hablaba mal de la autoridá, porque querían prestigiarla. . . ¡Claro!... ¡Ahí no más ya l'empecé a sacudir cada chaguarazo desde Roc'abajo a todo el que caía a tiro!... ¡Pa mí no había congreso, ni ministros ni nada y vivíamos como entre los indios, pensando solamente en la barriga!. . . Habías de ver el efeto, che, ¡fue bárbaro!
-.¡Claro!...   ¡Te pegaron alguna patiadura!
-.¿A mí?. . . Pero, che, ¡avisa si estás durmiendo y no tentés si queras morir de antojo!... Ni bien me oyó Ravena se me acercó y le comenzó a sacudir a Pellegrini porque lo había despedido. . . Y ya seguimos como bicicleta, che... y de ahí ya salimos pa l'Aduana y pa los corrales y pa todos laos... Y aquí me tenes de vuelta y con la garganta seca.
-¡Bueno!...  ¿Pero dónde'stá el empleo?
-Pero, ¿no has entendido entonces?.. . ¡Hemos formao el clú pa'blar mal del que caiga y ya somos once juramentaos! Hay uno que dice qu'él no se calla si no lo hacen por lo menos diputao y que va'bíar de Roca hasta que l'oigan los sordos y yo... ¡no te digo nada!. . . Yo v'y a ser el vengador de rni generación, che, que a causa'é Roca y de sus panlaguaos, se ha tenido que refugiar en las confiterías pa'cer algo, porque en el gobierno no le daban calce. . . ¡Y aquí me tenes, aura, encajao en la política y dispuesto a salir de pobre!. . . ¡Mira! ¡Yo, de cortar e'cortar grande!... Si Roca quiere que nos callemos Ravena y yo, o nos hace guardacostas o diputaos y si no lo desprestigiamos ante la sociedá y lo hundimos. . . no te quepa duda, Diolinda. .   Hoy, como decía el pardo Ramírez, pa subir hay que hacer escalera de la lengua y nosotros no seremos los primeros, ni los inventores del sistema, pero no hemos de ser los últimos. .. ¡No te me muras, Diolinda, y verás dónde llegaremos los que mira eres vagabundos!
-¿Vas a seguir todavía?. . . ¡Mira, mejor es que te calles y te vas a dormir la mona!.. . ¡Sinvergüenza!
-¿Que me calle? El día'el juicio... y a la tarde. . . Deja correr el tiempo y verás adonde llego, che. . . ¡Aquí el tiempo no es de los mudos como en Uropa, Diolinda, y al que charla lo hacen rai!..

Los nuevos bárbaros - Por Guillermo Jaim Etcheverry

La falta de una educación letrada hoy priva a los jóvenes de un derecho crucial: elegir una tradición desde la cual pensarse a sí mismos

Días atrás, al aceptar el Premio Príncipe de Asturias para las Letras, la escritora británica Doris Lessing pronunció un discurso notable. Entre otras cosas, dijo: "Erase una vez un tiempo -y parece ya muy lejano- en el que existía una figura respetada, la persona culta. Hoy hay un nuevo tipo de persona culta, que pasa por el colegio,y la Universidad durante veinte, veinticinco años, que sabe todo sobre una materia -la informática, el derecho, la economía, la política-, pero que no sabe nada de otras cosas; nada de literatura, arte, historia, y quizá se le oiga preguntar: Pero, entonces, ¿qué fue el Renacimiento?, o ¿Qué fue ¡a Revolución Francesa?
Hasta hace cincuenta años, a alguien así se lo habría considerado un bárbaro. Haber recibido una educación sin nada de la antigua base humanista: imposible. Llamarse culto sin un fondo de lectura: imposible". Y prosigue: "Representa una pequeña ironía de la situación actual que gran parte de la crítica a la cultura antigua se haga en nombre del elitismo. Sin embargo, lo que ocurre es que en todas partes existen cotos, pequeños grupos de lectores de antaño, y resulta fácil imaginar a uno de los nuevos bárbaros entrando por casualidad en una biblioteca de las de antes, con toda su riqueza y variedad, y dándose cuenta de pronto de todo lo que se ha perdido, de todo de lo que -él o ella ha sido privado".
Ese es el problema central de nuestra cultura: el haber ido olvidando la responsabilidad de transmitir a las jóvenes generaciones el rico patrimonio de ideas y de obras que el hombre ha concebido durante su turbulenta historia. El habitar el instante y vivir en un presente sin raíces es uno de los rasgos centrales de nuestro tiempo.
En realidad, privamos a los jóvenes de esa herencia a la que tienen un derecho ganado por el simple hecho de ser humanos.
El escritor estadounidense Philip Roth describe esta situación en un tramo de su novela Me he casado con un comunista. Se refiere a la posibilidad, a la felicidad, a la seguridad que proponen los libros, que son los que contribuyen a constituir lo que él denomina la genealogía no genética de cada uno de nosotros.
El protagonista de la historia, Nathan Zuckermann -un doble del autor-, rinde homenaje a su profesor de inglés en estos términos: "Bajo su guía, me transformé rápidamente en descendiente no ya de mi propia familia sino del pasado, heredero de una cultura que iba mucho más allá de la del medio que me rodeaba". Porque, ¿qué es en realidad la adolescencia? Es el momento en el que uno se separa de la familia para elegir "nuevas alianzas, nuevas afiliaciones, los padres de la edad adulta, esos a quienes uno ama o no, de acuerdo con su propia conveniencia, porque uno no está obligado a reconocerlos por el amor".
Al reflexionar sobre todos los padres de ¡a edad adulta que ha necesitado y que ha ido descartando, Nathan se pregunta: "¿Cuál es esta genealogía no genética? Las personas que me educaron, aquellas de las que provengo. Son quienes personificaron para mí las grandes ideas y quienes, primero me enseñaron a navegar el mundo, esos padres adoptivos que luego debieron ser rechazados para dar pasó a la orfandad total, que es la que define la adultez".
En el rechazo por compartir con los jóvenes nuestra cultura, en la decisión de dejarlos a merced de las fuerzas del mercado que, día tras día, construyen su interior banal y empobrecido, se esconde la grave decisión de privarlos de la genealogía no genética de la que habla Roth. Esa que se encuentra en los libros que, desde los estantes de las bibliotecas a las que se refiere Lessing, gritan calladamente su disposición a ayudarlos a integrarse a una genealogía que es la suya. Posiblemente, el nuevo orden mundial no necesite adultos, sino solamente niños, soberbios en su sometimiento, displicentes en su grosera vulgaridad, preocupados sólo por sí mismos. No hacen sino imitar a los nuevos héroes televisivos, que son quienes están pasando a constituir la pobre genealogía no genética de no pocos jóvenes de hoy.

(Extraído de la revista del diario "La Nación")

sábado, 11 de abril de 2015

BURRADA DE ASNO Por Monteiro Lobato

Un asno pedantísimo atormentaba la paciencia de un pobre mulo de carroza, de esos que reconocen su puesto en la tierra. Rebuznaba, declamaba, probaba que él era un talento de primera magnitud y sabio como jamás apareció otro en el mundo.
El mulo oía con las orejas gachas, paciendo.
- ¡Qué torpe eres, amigo! Hablo y no me respondes. ¡Rebuzno ciencia y tú paces! ¡Vamos! ¡Di algo! Contraríame, replica a mis opiniones, que estoy deseoso de una polémica. De lo contrarío me avergonzaré de haberte tenido como hermano en la forma y en el color
Un mono que lo oía todo desde una rama, no se contuvo y dijo:
- ¡El mundo está perdido! Esta bestia se hace el sabio, rebuzna centenares de burradas y el mulo lo traga todo calladito . . .
El mulo meneó las orejas y respondió con la cita de un verso de Bocage:

Un tonto puede soportarse sólo en silencio...

LOS DOS BURRITOS Por Monteiro Lobato


Muy atrevidos, dos burritos de carga seguían trotando por el camino. El que iba delante llevaba valijas de oro en polvo; y el de atrás, simples sacos de harina. Aunque burros del mismo jaez, no quería el primero que el segundo marchase a su lado.
- ¡Alto ahí! decía. No te compares conmigo, que el que carga oro no es de la misma baraja que el que lleva harina. Conserva cinco pasos de distancia y marcha respetuosamente como si fueses un paje.
El burrito de la harina se sometía y trotaba detrás, con las orejas gachas, envidiando al hidalgo. De repente ...
-jEh! ... ¡eh! ...
Surgieron tras un tronco unos ladrones de caminos y tomaron a los burritos por el cabestro.
Examinan primeramente la carga del burro humilde::
- ¡Harina! exclamaron, desilusionados. ¡El diablo lo lleve! Veamos si hay algo de más valor en el de adelante.
- ¡Oro, oro! gritaron abriendo desmesuradamente los ojos. Y se dedicaron al saqueo.
Pero el burrito resistió. Coceó y echó a correr por el campo. Los ladrones corrieron detrás, lo cercaron, le cayeron encima a palos y pedradas. Al fin, lo desvalijaron.
Terminada la fiesta, el burrito del oro, más muerto que vivo y tan maltrecho que ni siquiera podía tenerse en pie, reclamó el auxilio del otro, que pacía sosegadamente muy fresco la hierba del bosque.
- ¡Socorro, amigo! Socórreme, que estoy maltrecho...
El burrito de la harina respondió burlonamente:
- ¿Pero es que podré aproximarme yo a Vuestra Excelencia?
- ¿Por qué no? Mi hidalguía estaba dentro de la alforja y se fue en las manos de aquellos bandidos. Sin las alforjas de oro a cuestas, soy una pobre bestia igual que tú ...
- Bien lo sé. Tú eres como ciertos grandes hombres del mundo que sólo valen por el cargo que ocupan. En el fondo, simples bestias de carga, yo, tú, ellos . . .
 Y le ayudó a regresar a casa, aprendiendo, para su uso, la lección que ardía en el lomo del vanidoso.

EL MONO Y EL GATO Por Monteiro Lobato


Simona el mono, y Micifuz, el gato, viven juntos en la misma casa. Y hacen constantemente de las suyas. Uno roba cosas, revuelve cajones, esconde joyas, atormenta al papagayo; el otro araña los tapices, deshilacha las almohadas y bebe la leche de los niños.
Pero a pesar de ser amigos y socios, el mono sabe obrar con tal habilidad, que casi siempre sale ganando.
Así ocurrió en el caso de las castañas.
La cocinera puso a asar en las brasas unas castañas y fue a la huerta a recoger especias. Viendo que no había nadie en la cocina, se acercaron los dos pillastres. Dijo el mono
- Amigo Micifuz, tú que tienes una pata apropiada, saca las castañas del fuego.
El gato no se hizo rogar y con mucho arte comenzó a sacar las castañas.
- Pronto, una . . .
- Ahora aquélla . . . Eso es. Ahora aquella gordita . . . Está bien. Y la de la izquierda, que reventó . . .
El gato las sacaba, pero el que las comía golosamente, guiñando el ojo, era el mono...
De repente, apareció la cocinera, furiosa, con la vara en la mano.
- ¡Esperad ahí, diablos! . . .
Los dos ladrones se subieron a los techos.
- ¿Buena pesca, no? dijo el mono allá lejos.
El gato suspiró:
- Para ti, que comiste las castañas. Para mí fue pésima, pues arriesgué el pelo y quedé en ayunas, sin saber qué gusto tiene una castaña asada. ..

El buen bocado no es para el que lo produce, es para el que lo come.

MANUSCRITO ANTIGUO - Por FRANZ KAFKA

Parece que el sistema defensivo de nuestro país fuera muy defectuoso. Hasta ahora hemos proseguido nuestro trabajo cotidiano sin ocuparnos de él; pero algunos acontecimientos recientes empiezan a inquietarnos.
Tengo una tienda de zapatero en la plaza, frente al palacio del Emperador. Apenas bajo los postigos, al primer resplandor del alba, ya veo soldados con armas apostados en todas las bocacalles de la plaza. Pero estos soldados no son nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo incomprensible para mí, han penetrado hasta la misma capital, aunque ésta se halla muy lejos de la frontera. Lo cierto es que aquí están; y cada mañana parecen más numerosos.
Acordes con su naturaleza, acampan a cielo descubierto, pues abominan las casas. Afilan sus espadas, aguzan sus flechas, adiestran sus caballos. Esta pacifica plaza, que siempre se ha mantenido tan escrupulosamente limpia, la han convertido, sin exageración, en un muladar. De tanto en tanto probamos, salir de nuestras tiendas y limpiar, por lo menos, lo peor de la inmundicia, pero esto ocurre cada vez con menos frecuencia, porque la tarea es inútil, y además nos pone en peligro de caer bajo los cascos de los caballos salvajes ó de ser tullidos a latigazos.
Hablar con los nómadas es imposible. No conocen nuestro idioma, y en verdad apenas puede decirse que tengan uno propio. Se comunican entre sí como las cornejas. Graznidos como de cornejas llenan incesantemente nuestros oídos. No comprenden ni les interesa comprender nuestras instituciones, nuestro modo de vida. Y en consecuencia se muestran reacios a entendernos por señas. Uno puede hacerles gestos hasta dislocarse las mandíbulas y las muñecas: no entienden ni entenderán nunca. A menudo hacen muecas; entonces ponen los ojos en blanco y sus labios se cubren de espuma, pero no significan nada, ni siquiera una amenaza. Lo hacen porque está en su naturaleza. Se apoderan de todo lo que necesitan.
No se puede decir que lo tomen por la fuerza. Se aferran a algo y uno se aparta, simplemente, y los deja.
También a mí me han llevado muchas cosas de mi tienda. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, como sufre el carnicero de enfrente. Apenas trae la carne, los nómadas se la arrancan y la devoran. Hasta los caballos comen carne; a menudo se ve un caballo y su jinete, tendidos lado a lado, mordisqueando cada uno una punta de un hueso. El carnicero está nervioso y no se atreve a interrumpir sus entregas de carne. Nosotros lo comprendemos, sin embargo, y hacemos colectas para mantener su negocio. Si los nómadas no recibieran carne, quien sabe que se les ocurriría; quien sabe, de todos modos, que se les puede ocurrir, aunque reciban carne todos los días.
No hace mucho el carnicero pensó que, por lo menos, podía ahorrarse la molestia de faenar el ganado, y una mañana trajo un buey vivo. Pero nunca se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo permanecí una hora tendido en el piso, al fondo de mi tienda, con la cabeza envuelta en todas las ropas, alfombras y almohadas que tenia, para no oír los mugidos de ese buey, sobre el que saltaban de todos lados los nómades, arrancándole con sus dientes trozos de carne viva. Cuando me arriesgué a salir, hacía rato ya que no se oía nada; yacían embotados en torno a los restos del esqueleto, como ebrios alrededor de un tonel de vino.
Fue en esta oportunidad que me pareció ver al propio Emperador ante una ventana del palacio; por lo general nunca entra en esas habitaciones exteriores, sino que pasa la mayor parte del tiempo en el jardín interior; pero esta vez estaba de pie por lo menos así me pareció- observando con la cabeza gacha lo que ocurría ante su residencia.
"¿Qué va a pasar? -nos preguntamos todos-. ¿Cuánto tiempo podremos soportar esta carga, este tormento? El palacio del Emperador ha atraído a los nómades, pero no sabe como rechazarlos. La verja permanece cerrada; los guardias, que antes entraban y salían continuamente, en ceremoniosa marcha, ahora permanecen detrás de las ventanas enrejadas.
La salvación de nuestro país depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no somos capaces de semejante empresa; y nunca hemos afirmado que fuéramos capaces. Es un malentendido que será la ruina de todos nosotros."

sábado, 4 de abril de 2015

EL ALACRÁN DE FRAY GÓMEZ - Por RICARDO PALMA

I

         Éste era un lego contemporáneo de don Juan de la Pipirindica, el de la valiente pica, y de San Francisco Solano, el cual lego desempeñaba en Lima, en el convento de los padres seráficos, las funciones de refitolero en la enfermería u hospital de los devotos frailes. El pueblo lo llamaba fray Gómez, y fray Gómez lo llaman las crónicas conventuales, y la tradición lo conoce por fray Gómez. Creo que hasta en el expediente que para su beatificación y canonización existe en Roma, no se le da otro nombre.
Fray Gómez hizo en mi tierra milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos y como quien no quiere la cosa. Era de suyo milagrero, como aquel que hablaba en prosa sin sospecharlo.
Sucedió que un día iba el lego por el puente, cuando un caballo desbocado arrojó sobre las losas al jinete. El infeliz quedó patitieso, con la cabeza hecha una criba y arrojando sangre por boca y narices. Antología del cuento extraño
  - ¡Se descalabró! ¡Se descalabró! -gritaba la gente- ¡Qué vayan a San Lorenzo por el santo óleo!
        Y todo era bullicio y alharaca. Fray Gómez acercóse pausadamente al que yacía en tierra, púsole sobre la boca el cordón de su hábito, echóle tres bendiciones, y sin más médico ni más botica el descalabrado se levantó tan fresco, como si el golpe no hubiera recibido.
        -¡Milagro, milagro! ¡Viva fray Gómez! - exclamaron los infinitos espectadores.
        Y en su entusiasmo intentaron llevar en triunfo al lego. Éste, para sustraerse a la popular ovación, echó a correr cansino de su convento y se encerró en su celda.
        La crónica franciscana cuenta esto último de manera distinta. Dice que fray Gómez, para escapar de sus aplaudidores, se elevó en los aires y voló desde el puente hasta la torre de su convento. Yo ni lo niego ni lo afirmo Puede que sí y puede que no. Tratándose de maravillas, no gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas. Aquel día estaba fray Gómez en vena de hacer milagros, pues cuando salió de su celda se encaminó a la enfermería, donde encontró a San Francisco Solano acostado sobre una tarima, víctima de una furiosa jaqueca. Pulsólo el lego y le dijo:
       -Su paternidad está muy débil, y haría bien en tomar algún alimento.
      -Hermano -contestó el santo-, no tengo apetito.
      -Haga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocado.
       Y tanto insistió el refitolero, que el enfermo, por librarse de exigencias que picaban ya en majadería, ideó pedirle lo que hasta para el virrey habría sido imposible conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo.
         -Pues mire, hermanito, sólo comería con gusto un par de pejerreyes.
Fray Gómez metió la mano dentro o de la manga un par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar.
        - Aquí los tiene su paternidad, y que en salud se le conviertan. Voy a guisarlos.
Y ello es que con los benditos pejerreyes quedó San Francisco curado como por ensalmo.
        Me parece que estos dos milagritos de que incidentalmente me he ocupado no son paja picada. Dejo en mi tintero otros puchos de nuestro lego; porque no me he propuesto relatar su vida y milagros. Sin embargo, apuntaré, para satisfacer curiosidades exigentes, que sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro, que hasta hoy sirve de enfermería, hay un lienzo pintado al óleo representando estos dos milagros, con la siguiente inscripción:
       "El Venerable Fray Gómez. -Nació en Extremadura en 1560. Vistió el Hábito en Chuquisaca en 1580. Vino a Luna en 1587. -Enfermero fue cuarenta años, ejercitando todas las virtudes, dotado de favores y dones celestiales. Fué su vida un continuado milagro. Falleció el 2 de mayo de 1631, con fama de santidad. En el año siguiente se colocó el cadáver en la capilla de Aranzazú, y en 13 de octubre de 1810 se pasó debajo del altar mayor, a la bóveda donde son sepultados los padres del convento. Presenció la traslación de los restos el señor doctor Don Bartolomé María de las Heras. Se restauró este venerable retrato en 30 de noviembre de 1882, por M. Zamudio."

II

       Estaba una mañana fray Gómez en su celda entregado a la meditación, cuando dieron a la puerta unos discretos golpecitos, y una voz de quejumbroso timbre dijo:
        -Deo gratias... ¡Alabado sea el Señor!
       -Por siempre jamás, amén. Entre, hermanito - contestó fray Gómez
        Y penetró en la humildísima celda un individuo algo desarrapado, vera efigies del hombre a quien acongojan pobrezas, pero en cuyo rostro se dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo. Todo el mobiliario de la celda se componía de cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta, y una tarima sin colchón, sin sábanas ni abrigo, y con una piedra por cabezal o almohada.
        -Tome asiento, hermano, y dígame sin rodeos lo que por acá le atrae -dijo fray Gómez.
        -Es el caso, padre, que yo soy hombre de bien a carta cabal...
        -Se le conoce y que persevere deseo, que así merecerá en esta vida terrena la paz de conciencia, y en la otra la bienaventuranza.
        -Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi comercio no cunde por falta de medios, que no por holgazanería y escasez de industria en mí.
        -Me alegro, hermano, que a quien honradamente trabaja, Dios le acude.
        -Pero es el caso; padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y en acorrerme tarda...
        -No desespere, hermano, no desespere.
        -Pues es el caso, que a muchas puertas he llegado en demanda de habilitación por quinientos duros, y todas las he encontrado con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en mis cavilaciones, yo mismo me dije a sí mismo: "¡Ea!, Jeromo, buen ánimo y vete a pedirle el dinero a fray Gómez, que si él lo quiere, mendicante y pobre como es, medio encontrará para sacarte del apuro". Y es el caso que aquí estoy porque he venido, y a su paternidad le pido y ruego que me preste esa puchuela por seis meses, seguro que no será por mí por quien se diga:

En él mundo hay devotos 
de ciertos santos:
la gratitud les dura
lo que el milagro;
que un beneficio
da siempre vida a ingratos
desconocidos.

      -¿Cómo ha podido imaginarse, hijo, que en esta triste celda encontraría ese caudal?
      -Es el caso, padre, que no acertaría a responderle; pero tengo fe en que no me dejará ir desconsolado.
       -La fe lo salvará, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la celda, vio un alacrán que caminaba tranquilamente sobre el marco de la ventana. Fray Gómez arrancó una página de un libro viejo, dirigióse a la ventana, cogió con delicadeza a la sabandija, la envolvió en el papel y tornándose hacia el castellano viejo le dijo:
       -Tome, buen hombre, y empeñe esta alhajita; no olvide, sí, devolvérmela dentro de seis meses.
        El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidió de fray Gómez y más que de prisa se encaminó a la tienda de un usurero. La joya era espléndida, verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo menos. Era un prendedor figurando un alacrán. El cuerpo lo formaba una magnífica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza un grueso brillante con dos rubíes por ojos. El usurero, que era un hombre conocedor, vio la alhaja con codicia, y ofreció al necesitado adelantarle dos mil duros por ella; pero nuestro español se empeñó en no aceptar otro préstamo que el de quinientos duros por seis meses, y con un interés judaico se entiende.
        Extendiéronse y firmáronse los documentos o papeletas de estilo, acariciando el agiotista la esperanza de que a la postre el dueño de la prenda acudiría por más dinero que con el recargo de intereses lo convertiría en propietario de joya tan valiosa por mérito intrínseco y artístico. Y con este capitalito fuéle tan prósperamente en su comercio, que a la terminación del plazo pudo desempeñar la prenda, y, envuelta en el mismo papel que la recibiera, se la devolvió a fray Gómez. Éste tomó el alacrán, lo puso sobre el alféizar de la ventana, le echó una bendición y dijo:
        -Animalito de Dios, sigue tu camino.
       El alacrán echó a andar libremente por las paredes de la celda.