sábado, 6 de febrero de 2016

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” Mención de Honor de la Categoría D: Uberlinda Arabiej - Balcarce

Mi Diario


    Nací en un lugar llamado “El Maitén”, pequeño  pueblo de la provincia de Chubut, en ese bello lugar pasé los primeros años de mi infancia, abundaban los cerros, la nieve y el viento que siempre soplaba tan fuerte que me parecía escuchar una melodía, recuerdo que había un hospital, una estación de ferrocarril, y claro, no podían faltar los bomberos, cuánto trabajaban esos hombres desinteresadamente sólo por el bienestar de los ciudadanos.
  Al bajar del tren, salía de la estación y caminaba por un largo camino muy solitario, que al final terminaba en mi viejo ranchito de barro cubierto de palos prolijamente ensamblados que lo mantenían erguido ante el fuerte viento, recuerdo un viejo aljibe y  que a escasos metros corría un arroyo… el paisaje era hermoso, había tantos cerros, que parecían una gran cadena que adornaba el lugar.
  Mi madre trabajaba en una añeja fonda que era visitada por una cantidad considerable de personas para comer deliciosos platos tradicionales, por lo general, eran los trabajadores del ferrocarril. Mi  padre era empleado ferroviario, eso hacía que a veces lo trasladaran de un lugar a otro. Uno de los siguientes lugares fue Zapala, una ciudad sureña donde había mucha nieve y el frío penetraba en mi cuerpo y  me hacía tiritar. Allí comencé primer grado , a la escuelita íbamos con mi hermana mayor, al salir las dos jugábamos con la nieve, hacíamos muñecos, éramos muy felices simplemente disfrutando del paisaje. Pero llegó el momento en que otra vez trasladaron a mi padre, tenía que viajar, y una vez más subí al tren y al llegar a Ñorquincó, me esperaba lo desconocido: nueva escuela, nuevos compañeros.
Pero este lugar, logró deslumbrarme aún más con su belleza natural, aunque duró muy poco, porque nuevamente mi padre tenía que irse. Comenzó el recorrido, pasando por el Bolsón llegué a Ojo de Agua, estaba tan cerca de la Cordillera de los Andes, que no podía creer que fuera real, tan imponente. En esta zona el clima es muy frío, la nieve cae constantemente, el viento no deja de soplar, y mi madre que siempre trabajaba tanto, criaba cabras para el consumo de nuestra familia, recuerdo que tomaba esa leche y comía riquísimos quesos caseros.
Las casas eran todas muy similares, siempre que había una escuela, había una estación de tren, justo por ahí pasaba la famosa “Trocha Angosta”. Había un solo almacén, donde la gente hacía sus compras. Mi casa estaba muy próxima a las vías, nunca podré olvidar esos lugares  donde me críe, la Cordillera rodeaba la casa, de noche veía cómo corrían los gatos montes ¡Qué hermoso era vivir en esa zona!, hasta disfrutaba cuando mi madre me mandaba a buscar las cabras al cerro, tenía que cruzar las vías, y si mi hermana me acompañaba, jugábamos con esos animalitos, nos reíamos tanto, ¡sí que sabían cómo saltar las piedras!, yo estaba llena de marcas en mi cuerpo y eso era por querer imitar el salto y el brinco de las cabritas.
Todo pasó tan rápido, de nuevo  trasladaban a mi padre, pero por fin fue el último destino, se trataba de un viejo paraje llamado “Bosch” que corresponde al partido de Balcarce, provincia de Buenos Aires, pasaron los años, y crecí en una familia que aumentaba de año en año, llegué a tener 10 hermanos.
Por fin me instalé definitivamente y  ya no tenía que mudarme, esos  miedos a conocer nuevos compañeros, ya no iban a existir más; con mis hermanas hicimos nuevas amigas, con las cuales viví hermosas experiencias, compartíamos la merienda, caminábamos y corríamos por los angostos caminos rurales que unían nuestros hogares. ¡Qué momentos de felicidad que quedaron sellados en mi corazón!
Hay otros recuerdos no tan alegres, me angustian de sólo pensarlos, con tan solo diez años de edad mi hermano, preparó sus pertenencias, tomó su poca ropa y salió a caballo, decidió ir a trabajar al campo de la familia Mianovich, él nunca tuvo buena relación con nuestro padre; el mayordomo llamado Montan llegó a quererlo como a un hijo, se aseguró de que fuera a la escuela y le enseñó a trabajar, su vida cambió completamente, aprendió otra forma de vivir. Llegó a ser un hombre de bien, con buen pasar económico y formó una gran familia.
A una de mis hermanas, la llevó una señora que vivía en la ciudad para que trabajara en su casa, sólo tenía trece años y  yo que tenía doce también tuve que ir a trabajar en una casa lejos de mis padres; me sentía muy sola sin mi familia, ansiaba verlos, pero eso sólo sucedía cada quince días.
Logré convencer a  mi madre de que no me agradaba vivir en la ciudad, y ella decidió llevarme al campo, para que trabajara en la casa de una condesa dueña del lugar. Tuve que aprender muchas cosas: como cocinar, planchar, servir la mesa, atender a los patrones, etc., aunque la condesa siempre fue muy buena conmigo. Ese verano, le pidieron permiso a mi papá  para llevarme a Punta del Este para que cuidara a su beba. Fue tan emocionante, primero llegamos a Buenos Aires, fuimos al departamento de la madre de la condesa, y aunque era tan lujoso y atractivo, yo me sentía angustiada, muy sola lejos de mis seres queridos; pero no podía expresar mis sentimientos; todos me trataban muy bien, con mucho respeto, y había una señora que se encargaba de las tareas de la casa, yo solo cuidada a la beba.
Estuvimos dos días en Buenos Aireas, fuimos al puerto y nos embarcamos, era la primera vez que yo subía a un barco, ¡qué gran experiencia! Viajábamos rumbo a Colonia,  la amable condesa me llevó a conocer el barco por dentro y por fuera, yo tenía tanto miedo que ella se dio cuenta y entonces me tomó de la mano, nunca olvidaré esos gestos de cariño y compasión.
Llegamos a Colonia, desembarcamos , nos fuimos en auto  a Punta del Este, era muy lejos, pasamos por un restaurante , almorzamos y seguimos viaje. Por fin llegamos a una casa tan enorme que parecía un palacio, con jardines preciosos, la naturaleza era admirable, me parecía que todo era un sueño, pero para mi alegría, era la realidad, esto hacía que no me sintiera tan sola lejos de mis padres y hermanos. Había muchos empleados más, pero yo sólo cuidaba a la beba.
Tan sólo a unos metros podía ver el mar, por los alrededores había muchos médanos, caminaba por ahí todos los días después de almorzar. ¡Qué momentos tan agradables!, me hice muy amiga de otra empleada.
Por las tardes, salíamos con los patrones, y así pude conocer Punta Ballena, teníamos que cruzar un puente colgante, yo me asusté tanto que causó mucha risa, ellos hablaban mucho conmigo, me apreciaban y yo a ellos, era lo más cercano a una familia que tenía en ese entonces.
Solía ver el atardecer eso nunca me cansaba, cuando el sol caía, parecía que se lo tragaba el mar, también caminábamos por las calles de aquella cálida ciudad. Conocí otra ciudad, San Carlos, muy bello, con gente de toda raza, nunca había visto africanos, las calles llenas de adoquines, veredas muy angostas, casa antiguas. ¡Qué lindos años de mi vida!, ahora que ya pasaron muchos años, sé que marcó mi vida, aunque no me crié con mis padres y tuve que trabajar de pequeña, estas personas me educaron, yo no parecía una empleada, nunca los voy a olvidar.
Al cabo de mucho tiempo, volví a ver a mis padres, me di cuenta de que estaban disgustados, pero no pude saber qué pasó. Cuando cumplí dieciséis años tomé la decisión de no ver más a mi familia, me di cuenta que yo ya no pertenecía ahí, mis principios y valores habían tomado otro rumbo, no puedo describir la profundidad de la pena.
Continué trabajando, casi no salía de la casa, y claro mucho menos sin pedir permiso o avisar. Conocí a un hombre, el que sería mi esposo, tuve a mi primera hija y después a otra pequeñita, luego decidí no tener más hijos porque no quería que pasaran por mis contrariedades.
Tenía que continuar trabajando, vivíamos en Mar del Plata , después de trece años volvimos a Balcarce porque mi esposo consiguió comprar una casita en un barrio. Cambié de trabajo, ahora era con la familia Roza, ayudé a criar a sus tres hijos, veintidós años estuve en ese hogar. En ese lapso de tiempo, mi hija mayor se casó, me dio nietos, y también llegué a ver dos bisnietos. Mi hija menor también se casó y me dio dos nietos.
Tenía una tarea pendiente: terminar mis estudios primarios, así que decidí inscribirme y allí me encuentro aprendiendo y estudiando.
Y ahora pienso: - ¿Qué más le puedo pedir a la vida? Disfruto de mi casa, mis hijas, mis nietos, mis bisnietos, y aunque al principio la vida me quitó, siento que ahora me dio el doble, doy gracias porque soy feliz.

Escuela Secundaria Nº 3 “Carmelo Sánchez” - Concurso literario “Contate un Cuento VIII” Mención de Honor de la Categoría D: Rodrigo Torres Quezada Santiago de Chile

Tatuajes



 En seis días, Dios creó el cielo y la tierra. Al séptimo día, se suicidó.
                                                                                      -Der todesking.

         Sobre una mesa y frente a sí, hay una pistola colt 45. Sus ojos, abiertos y fijos, se pasean en esta tanteando cada detalle. Está sentado sobre un sillón cuyo brazo es acariciado por su mano con movimientos toscos. Alarga una extremidad. Su mano abierta, está a punto de caer sobre el arma. Cierra un puño. Se arrepiente. Retrae el brazo. Ladea el rostro y observa por la ventana. Allá afuera los vehículos pasan y apenas dejan una estela como recuerdo. De súbito, una vez más, su brazo se alarga. Su mano se expande. Cae encima de la pistola. La toma. Tiembla. La levanta y la lleva hasta colocar el cañón en la sien. Sus ojos grandes, se cierran de a poco. La luz que entra por la ventana desaparece con lentitud. Traga saliva. Su última cena. Coloca un dedo en el gatillo. Suda. En cualquier momento una simple bala borrará un mundo. Su mente lo sabe y los recuerdos llegan en tropel.

         “De niño con el balón. Gambeteo. El guatón Ramírez me mira desde la “banca”. Pasa un ave. Era enorme. Negra, con trazos blancos y rojos. Se esconde en un árbol. La pelota cae en la casa de una vecina. El día es hermoso. Soleado. ¿Qué sucedió después? ¿Por qué no entregué la tarea? ¿Por qué me fugué de clases? Hay un baile. Mamá pisa a papá. Él reclama y ríe. Me abrazan. El tío Enrique sonríe, me pasa una mano por la cabeza. Nos sacan fotografías. La vecina reclama, lanza la pelota lejos. Los chicos le tiran piedras a la casa. Miguel busca la pelota. En la esquina había un negocio. Lo atendía un buen hombre. Ahí está, me mira, me saluda. Le pregunto si me puede fiar un chocolate, no quiere. El cartero deja una cuenta. Mamá despotrica porque no es algo más importante. Las nubes pasan sobre el cielo. Levanto la mano e indico una, parece un ovni. Mi padre observa con extrañeza, me abraza. Luego, su mirada se pasea en una mujer que sale de una casa. Estoy llorando, mi tía me retó. ¿Qué hice? ¿Fue por la tetera que boté? ¿Fue porque le pegué al perro? Hubo un partido. Salimos campeones. El guatón Ramírez le hace otra zancadilla a un amigo. Este le da un puñetazo. La vecina no quiere que le volvamos a lanzar el balón. Andrea es hermosa, un ángel. La quiero así, intacta, para que pueda sanar mis heridas. Pero es un amor imposible. A medida que crezco todo es más difícil. “Nada es imposible”, dice alguien. Muchos. Corro. Debo limpiar mis pulmones. Mucho cigarro. “Tú puedes”. Sigo corriendo. “Eres un inútil”. Me despiden de la tienda retail. No es mi culpa que alguien haya robado en caja. Los compañeros saben lo honrado que soy. No me defienden. El pirigüin escapa. Ya no está. Me siento solo. Los árboles avanzan. “El ser humano está condenado a seguir el mismo derrotero bajo distintos disfraces, explica Adrián, porque está en nosotros buscar problemáticas a algo tan sencillo que es tragar, coger, cagar y respirar”. “Para mí la vida es mucho más que eso, le respondo, es la mejor forma en que se puede demostrar a ese inmenso vacío oscuro que nos rodea, que se puede plantar cara a lo desconocido”. “Ojalá fuera tan optimista como tú”, dice Adrián. En el puente Malleco atraviesa un camión. Lo observo con el mismo miedo que tenía cuando era niño. Le saco una fotografía. Recuerdo cuando con mis papás nos paseamos ahí y nos sacamos una foto. Repito el ritual. Eso sí, ahora en soledad. Camino hacia el río y un enorme bosque se me cruza. Esta vez los árboles no avanzan. Alguien saca una pistola en medio de la marcha. Un disparo. Los camarógrafos enfocan las llamas. ¿Dónde se metió Adrián? En la boda saco a bailar a la novia de Sebastián, me dice algo al oído. No lo comprendo, no lo entiendo. Me voy a la mesa a comer. No le digo nada a Sebastián. ¿Habrá vida en el espacio exterior? ¿Existirán los duendes? Cuando niño vi una figura extraña asomarse por la puerta. Era de un color rojo. Sé que Allison también le vio pero ahora niega todo. En la atmósfera se huele la primavera. Me siento enfermo. Creo que debo operarme. “El cáncer de su padre no tiene vuelta”, explica el doctor. En el bar me emborracho, un tipo se burla de mi rostro, me levanto, lo golpeo, sus amigos lo ayudan. Sangro. Alguien me levanta. “¡Toda la vida es una enorme borrachera!”, exclama Adrián con una botella en su mano, “¡Las cosas suceden en una serie de fotografías, cuál de todas más claras”. “¡Borremos todo!”, grito. Vomito en el suelo. “No se puede, contesta Adrián, tenemos tatuados los recuerdos en una parte del cerebro”. “El Alzheimer es la respuesta”, digo. Reímos. El guatón Ramírez se para de la banca. Hace el cambio por Agustín. No pensaba que jugaba tan bien. Andrea, cuando miro a tus ojos veo la verdad. Hay estrellas más grandes que el sol. No somos nada. Con los punks vamos a la tocata del grupo de Maida. La fiesta se convierte en peleas, botellas desquebrajadas y un montón de policías a la salida. “Muchas gracias”, digo, “Recibir este título es coronar una etapa repleta de sacrificios”. La moto se me acerca. Acelero. Queda poca gasolina. Me pasan adelante. “Ya habrá otras oportunidades para ganar”, dice alguien. El bosque avanza, los árboles hablan. Existen seres mágicos que se esconden tras las cosas. Papá tiene razón. En cada piedra vive un ser diminuto que nos observa y se ríe de nuestras tonterías pero aplaude nuestros logros. “¡Papá! ¡No te vayas!”, grito. “Ya se fue”, contesta alguien. “No puedes rendirte”, la señora Zapata me observa con dulzura. “El amor es así. Tendrás ochenta años pero sucederá así, tal cual, de la misma manera”. En el incendio murió un bombero. Yo lo conocía. “Las tarjetas de crédito son una estafa”, “¿Qué cosa no lo es?”, respondo. La celebración duró hasta el otro día. Tomo del rostro a Fabiola y le doy un beso. El pirigüin se aleja. El guatón Ramírez se ríe. ¡Gol! “¿Cuál es la idea de estructurar el mundo?”, pregunta Adrián, “si cada vez que se complejiza, la estructura cede, se rompe, dejándonos sólo los fragmentos de algo que quizás nunca fue. De algo que, querámoslo o no, demuestra que nada de esto será recordado por las generaciones posteriores”, “¿Y a quién le importa ser recordado?”, pregunto. “A mí”, contesta Adrián. Toma una piedra. La lanza al agua. Un pez aparece. Desaparece. Un bosque avanza. Una bandada de aves. Papá que juega conmigo a la pelota. Mamá que me abraza. El mundo en problemas. La gente que huye. Hacer canopyng es lo mejor. Sandra es experta en deportes extremos. Hacemos el amor en medio del bosque, resguardados por el sonido del río que golpea las rocas. “Fabiola, le escribo, cierra la ventana que el niño se va a resfriar”. “Yo ya me resfrié”, dice. “Lo siento”, contesto. El espacio que me separa de las cosas, ¿tendrá algo de mí? El cielo, a través de la ventana del bus luce extraño. Los misterios que jamás resolveré son los que mantienen con vida. “Asómbrate”. Un café, por favor. ¡Qué mujer la que va ahí! ¿Dónde? Cuando la muerte llegue será como un simple trámite. Por mientras, vive. Pero que vivir no sea también otro trámite. Sebastián saca la liga de su novia. Me meto a la laguna, ahora más viejo, y busco al sapito en el que debió convertirse el pirigüin. Sin embargo, sólo veo otro renacuajo. Estoy de terno, adulto, dentro de un recuerdo de infancia. Corro hacia ese niño que fui y va en bicicleta, y le grito que disfrute cada etapa. Me levanta un dedo del medio. Adrián, César y yo, estamos sentados al borde. “Caminar por el borde, lo justo y necesario, sin la común idea de lanzarse al vacío como suele hacer la gente”, dice Adrián, “¿Qué tipo de gente?”, pregunto yo. “Gente como nosotros”, responde Adrián. César ríe. Fuma. Tose. Fabiola, no te olvidaré. Ella se lleva al niño. Toma el avión. Una fiesta. De nuevo prueba. Los exámenes fueron fáciles. El profesor habla del futuro. Todos los profesores hablan del futuro. Tomo un instrumento, lo toco. Mi idea de película es la siguiente: un grupo de personajes disfrazados entra a un edificio abandonado y ahí viven como si fuesen los sobrevivientes de una hecatombe. Se aman, se quieren y por sobre todo, se comprenden. “Había una vez, la historia de una vida…”, relata Adrián. “¡Cállate!”, le digo. Adrián se calla. Estoy tan arrepentido de haberlo hecho callar. La laguna y el pirigüin que salta sobre mi examen, el hombre de terno que trabaja en el bosque, la mujer que amo vestida de novia, mis padres convertidos en nubes. El agua, el bosque, las aves, ellos y yo. La vida y la muerte. Mis pensamientos y mis latidos. El polvo que se encuentra en las rendijas de la madera una vez también fue vida. Está soleado. El arma. Está fría. Duele.”
         Baja la mano que sostiene el arma. Deposita esta en la mesa. Está arrepentido. Suspira. Toma el arma. la lleva hasta un mueble y ahí la esconde. Sale a la calle. Respira. Levanta los brazos. Sonríe. Observa a un ave que se posa en un edificio. Al frente está la calle. Cruza el paso peatonal. Desde una esquina aparece un conductor imprudente. Lo atropella. Muere. Su último pensamiento fue: “Menos mal que no lo hice…”.

sábado, 30 de enero de 2016

Contate un cuento VIII - Categoría D - Nélida Alí – Alumnos de EPA 701

Huellas insondables


Era un día radiante, uno de esos en los que el sol resplandece en el infinito cielo azul; Oscar Gutiérrez vagaba por las calles de nuestra querida Buenos Aires, se trataba de un hombre de unos cuarenta y cinco años aproximadamente, bello, esbelto y con el cabello blanco como la nieve. Había algo en su rostro que llamaba la atención constantemente, hacía que las personas que caminaban por la acera se quedaran observándolo. Su rostro mostraba una expresión muy triste y sus ojos no paraban de emanar lágrimas.
    Un día de esos, él estaba por dar la vuelta a la esquina y para su sorpresa, se  encontró con su gran amigo de la infancia, Ariel, quien al ver su expresión de tristeza no dudó en preguntarle qué le sucedía. Oscar trató de ocultar su problema pero no pudo resistirse a la insistencia de su viejo amigo:
Estoy tan desesperado, dijo Oscar, - muy preocupado, me despidieron de mi trabajo y no sé cómo decírselo a Melisa.
    Ariel, no supo qué contestar, sólo le pidió que mantuviera la calma, que todo se solucionaría, le aseguró que se comprometía a ayudarlo, trataría de conseguirle un empleo en la fábrica donde él trabajaba. Más tarde, se despidieron y Oscar continuó su caminata sin rumbo definido. En ese momento lo que más lo atormentaba era el hecho de no poder satisfacer las necesidades básicas de sus cuatro pequeños hijos, quienes además concurrían a un colegio privado de la zona con alto costo, y además ya no iban a poder concurrir a otras actividades extraescolares.
    Continuó…y continuó caminando por las calles de la ciudad una y otra vez, hasta que observó el reloj y vio que ya era la hora exacta en la que él siempre regresaba de su trabajo. Sin saber qué palabras utilizaría para seguir ocultando su preocupación, se marchó.
   Al abrir la puerta, rápidamente sus dos hijos más pequeños corrieron a saludarlo. Melisa se encontraba sentada a la mesa con una expresión poco agradable en su rostro, Oscar le preguntó qué sucedía y la mujer un poco afligida y un poco furiosa le respondió que ya no sabía qué hacer con sus hijos, tenía que escuchar todo el día los insultos, las peleas, y eso ya no podía tolerarlo más. Oscar quiso calmarla, evitar que se pusiera tan mal, le explicaba que sólo eran hermanos peleándose, algo normal en todas las familias y que esa situación no era grave. Obviamente, otra vez no pudo contarle que era un desempleado más de Buenos Aires, no era su intención añadirle otra preocupación más, y menos ahora que la notó tan desestabilizada emocionalmente.
    A la mañana siguiente, todo se repetía, él se levantó y como siempre su mujer lo esperaba con el desayuno preparado sobre la mesa, casi no cruzaron palabras.  Comenzó su caminata sin rumbo por supuesto, recorría siempre las mismas calles, angustiado y cada día más desanimado, ya no lograba ver ninguna solución posible. Así hizo durante tres semanas que para él resultaban ser una eternidad.
   Una de esas mañanas soleada caminando en una plaza, se sentó bajo un sol muy cálido, y de repente vio a lo lejos una mujer con similares características a su esposa, que estaba entre los brazos de un hombre que la besaba muy apasionadamente; la realidad es que Oscar sintió dudas porque reconoció que la ropa era demasiado igual a la de Melisa, el miedo se apoderó de él y temblando se acercó a aquella pareja, pudo ubicarse detrás de un árbol sin que lo descubrieran, apenas pasaron unos segundos sintió que su vida se derrumbaba, esa mujer era su esposa...la que aquel desconocido  estaba acariciando, besando; pero lo peor fue ver que ella lo miraba como nunca lo había mirado a él, le retribuía cada beso, cada caricia con amor y desesperación.
    Para su sorpresa, aquel hombre que tenía a su mujer en sus brazos, no era de un desconocido, que aunque doloroso para Oscar no hubiera sido tan impactante y tan desconcertante, ahí estaba Enrique…su jefe, quien lo había despedido después de dedicarle tantos años de lealtad, y hasta sacrificado miles de horas de estar con su familia.
    En una mezcla de sensaciones, mucha bronca, traición, desilusión, y quizás frustración, pero también con lágrimas de dolor pudo enfrentarlos y pararse delante de ellos y sin tiempo a nada, la mujer atónita y avergonzada no pronunció una sola palabra y obviamente que Enrique tampoco pudo hacerlo.  Oscar se sentía tan mal, nuevamente esa mezcla de sentimientos que terminó gritándoles y sin poder controlarse comenzó a pegarle a su ex jefe. Melisa  intentaba separarlos, pero resultaba imposible, aquellos dos hombres estaban enfurecidos y sus brazos entrelazados entre golpes y más golpes, parecía que nunca acabaría, pero un joven que caminaba por ese lugar, intervino y la pelea terminó. Enrique quedó tirado en el pasto y Oscar clavó su mirada de desprecio en los ojos de ella y decidió irse corriendo.
    Melisa desesperada tomó su celular, llamó una ambulancia y cuando ésta llegó se fue en busca de su marido, que al cabo de unas horas lo pudo hallar, bebiendo en un bar, ya iba por el quinto trago.
     Sin dudarlo entró en el lugar para implorarle su perdón, sentándose a su lado quiso convencerlo de que sólo lo amaba a él; que estaba confundida y se dejó seducir por aquel galán que le prometía felicidad eterna. Oscar ya no creía en sus palabras o disculpas o razones del engaño, pero sí con mucha bronca le contó que ese hombre lo había despedido sin motivos de su trabajo, pero ahora con todo esto entendía,  y entonces si se sintió aliviado y le ordenó que se fuera.
     Aquella mujer, no quería perderlo, lo tomó del brazo e insistió para que volviera con ella a su hogar, que pensara en sus hijos y en los años de matrimonio. Pero para Oscar, su vida había cambiado rotundamente, si se retiró del lugar,  pero lo hizo sólo, la dejó llorando en aquel bar, y con el corazón destruido en mil pedazos, llegó a la casa de su viejo amigo Ariel, quien sin preguntarle una sola palabra, lo abrazó y lo hizo entrar.
    Una vez calmado, le contó a su amigo, quien no dudó en brindarle su hospitalidad y lo convenció para que se quedara allí todo el tiempo que necesitara.
    Transcurrida una semana, tomó el diario, leyó directamente la sección de “Clasificados” y decidió salir a buscar empleo. Todo el día estuvo repartiendo su currículum, pero pasaron los días y no había resultados, quizás porque su aspecto no era el mejor, su apariencia era el de una persona triste, su mirada perdida, y encima varios días que no veía a sus hijos.
    Se hizo la noche, y Oscar todavía no regresaba,  Ariel muy preocupado  pensando en lo peor, decidió llamar a Melisa y preguntarle si estaba ahí, ella asustada le respondió que no, lo cual preocupó aún más a Ariel; decidieron salir en busca de Oscar, recorrieron cada calle por dónde él solía caminar, lo hicieron muchas veces pero sin resultados, no lo hallaron. Preguntaron en todos los negocios y en uno de ellos, les dijeron que había estado un hombre con esas características buscando empleo, pero que luego se fue y no lo vio más.
    Volvieron sin novedades, parecía que la tierra se lo había tragado, hasta que al fin sonó el teléfono en la casa de Ariel y era Oscar pidiéndole disculpas por su ausencia y las molestias ocasionadas, y dándole las gracias por la ayuda que desinteresadamente le había brindado, le contó que se encontraba a punto de partir hacia Córdoba donde tenía algunos contactos, allí trataría de recomenzar su vida, olvidando aquel episodio que le causó la mayor pena de su vida, la traición de su esposa, dejándoles huellas insondables en su corazón.


Contate un cuento VIII - Categoría C - Jeremias Bottega

Algo más


“La fiebre de un sábado azul
y un domingo sin tristezas.
Esquivas a tu corazón
y destrozas tu cabeza,
y en tu voz, sólo un pálido adiós
y el reloj en tu puño marcó las tres...”  
Viernes 3 AM (Serù Giran, Junio del 79`)


“… ¿Que estoy mirando? ¿ a quién? ¿Soy yo? O ¿es otro? Soy yo a él que veo y no reconozco, o ¿es otro? ¿Soy yo al que observo y veo raro? O ¿es otro? ¿Soy yo a quien escucho y no dice nada? O ¿es otro? ¡Qué buena pregunta! ¿Soy yo? O ¿es otro? ¿Era yo? O ¿era otro?
Viernes 3 AM, como el título de  la canción de Charly, agarré el auto y me fui, lo pasé a buscar y lo encontré. Era un amigo, era mi hermano, era algo más.  Se subió, lo saludé, me preguntó qué pasa, qué quieres, ¿todo bien?, me dijo. No respondí. Pensé, miré, suspiré, volví a pensar, otra vez respiré, hice fuerza, no lloré. Pensé, no quise, o si, o no quiero, o no puedo, o no me sale, o no intente, o no supe hacerlo, no lo evité y al final lloré.  Se me pasó, me abrazó, también lloró, o no, no lo vi, pero lo sentí. No sé qué dijo, seguro palabras lindas, no lo sé, o las intuyo.
Pasó algo de tiempo, media hora o menos, capaz, tampoco sé. Volvió a preguntar y no respondí. Se preocupó, gritó, pataleó, pero no hable. Me apretó la mano, me sacó las llaves, procuró saber pero no pude, no sabía, no intente, no me salió. ¿Cómo explicarle? ¿Cómo entendería?, ¿me entenderá alguna vez? ¿Era yo? O ¿Era otro?  No lo sé, me preguntó ¿qué te pasa? No supe responderle. “Es así”, dije algo, no entendió, o no quiso entender. “Ya está”, dije yo, preguntó de nuevo pero tampoco entendió.
Volví a pensar si estaba bien, y no, no pude responderme. Intenté abrir la puerta y no, al final no. No sirve, ¿para qué había venido?, si no lo iba a hacer. Charlé por primera vez, boludeces, ¿o no? No lo sé. Le expliqué, no entendió, otra vez. Dije que no era necesario entender, porque capaz que ahora comprendía. Le di las llaves y me fui.
Me siguió, le dije que lo quería. Ya estaba, ya no podía hacer nada, me dediqué toda la vida a evitar esto con otras personas pero no pude conmigo. El disparo se escuchó, lo solté. Salí corriendo, me entendió, se quedó quieto, o eso creo.
Llegué a casa, no vi a nadie, entré al baño, me miré al espejo, y me pregunté ¿soy yo? Si sos vos, boludo, me respondió, era él, estaba ahí. Era mi amigo, era mi hermano, era algo más que eso, eras vos.”
Me desperté y leí esto, ¿para quién es?, no lo entendía, ¿lo escribí yo? Me levanté, vinieron Lucas y Joel, los saludé. Carla me trajo el desayuno y me preguntó si los chicos podían faltar a clase un día, ya que tenían ganas de quedarse y le dije que sí. Pero que no se quejara después porque los tenía que cuidar.
Desayuné con ellos, jugué algo, después no sé qué hice. Almorzamos juntos, me acosté un rato, me dormí, dormí la siesta hasta las 6, un montón. Me desperté y miles de mensajes.
¿Por qué no viniste?, ¿Estás loco? El fin de semana nos jugamos la final del torneo. Se define todo y ¿no venís?, y cosas así, no entendía nada.
Carla y los chicos salieron a hacer compras, trajeron facturas, preparé el mate. Joel me había dicho temprano que había encontrado algo para mostrarme, me olvidé de preguntarle qué era, cuando llegó lo hice. Buscó su tablet y encontró un video. Era un partido de fútbol, un compilado de un jugador, muy bueno. Goles de todos lados, quedé sorprendido. Era muy bueno, goles de todas las posiciones, de derecha, de izquierda, de cabeza, de córner, de todo. En un momento frenó el video, repitió una parte y me preguntó cómo hice para tirarla por arriba de la barrera ¿Cuándo me vas a enseñar a hacer eso, a pegarle así?, agregó. Lo volví a ver al video y le pregunté a Joel si ese era yo, ¿o es otro? Me miró y no me contestó.
Tocaron timbre, era la policía, me nombraron, me buscaban, me decían asesino, que maté a mi amigo. Me desesperé, no entendí nada ¿Cómo podía ser? No entraba en mi cabeza semejante cosa. Joel no me llegó a responder, no lo vi más, se había asustado por la policía. ¿Cómo podía ser yo? Imposible pensar semejante cosa, los policías prosiguieron y me querían llevar.
Carla lloraba, me gritaba, yo no decía nada, a los chicos no los vi más, me costó no resistirme, estaba seguro que no había hecho nada y que todo esto era un error, o capaz si había hecho, entonces me entregué y colabore.
Me sacaron encapuchado de mi casa, no los vi, pero sentí los flashes de cientos de periodistas en la puerta fotografiándome, me subieron a un patrullero. La gente me gritaba asesino.
Sentado en el auto, esposado, sintiendo el ruido de la sirena, me puse nervioso. Lloré, lloré mucho, y me pregunté, ¿soy yo? O ¿es otro?
Esa pregunta me la hice mil veces más, no entendía como podía estar en esa situación, privado de todo, porque no es solo la libertad, es todo, es tus amigos, es tu familia, son tus hijos, es todo y es nada a la vez, porque ¿Qué es todo?. Mucho tiempo de preguntas sin respuestas, y va a seguir porque no termina acá.
Me levantaba a la mañana me tenían que venir a abrir, ruidos de llaves, de pasos silenciosos, de gatos por los techos, de platos en el piso. Bañarme era un castigo, humedad, agua fría, oscuridad y para que detallar mas. Estaba solo, sin nadie, me abandonaron sin saber, yo tampoco sabía, si era yo o era otro.
Nunca quise declarar, no sabía que decir, si esto no lo hice yo, o ¿si?, estas dudas matan. Esa duda me mató de a poco, me destruyo, me carcomió. Me dolieron, todo me duele, que mas decir, dentro de un rato se sabrá la verdad, o por lo menos la de la justicia, mi verdad no la sé, ojalá un día la conozca.
Aprovecho ahora que estoy en un baño limpio, en un lugar agradable, me hace acordar a mi casa, a ese baño donde empezó todo, o termino todo, no lo sé.
Yo pedí salir de la sala, eso tengo claro, no podía escuchar la sentencia sin venir acá, sin ver otro baño limpio, sin sentir este olor, sin pensar que estoy en casa, sin poder darme mi última oportunidad. Esto no es una despedida, es algo más, porque yo sé lo que va a pasar, pero no puedo evitarlo, no sé cómo, no supe, y no voy a saber. Porque yo sé como todos se van a sentir dentro un rato cuando el juez hable, me duele saberlo, pero nada va a cambiar. 

Me quiero fijar la hora, el juez me dio cinco minutos, me olvide que no tengo reloj, y acá otro problema más, seguro me vienen a buscar, no me quieren dejar disfrutar de este ratito que miro al espejo y te hablo a vos, a vos.  Porque dentro un rato, cuando el juez diga mi nombre, cuando presenten las pruebas, cuando todo esto sea pasado, cuando pase lo que no quiero, cuando me sienta mal, cuando sienta que todo esto es injusto, cuando me parezca ver a Joel entre la gente, cuando sienta un abrazo imaginario de Carla, y cuando el mismo juez dicte la sentencia, mientras me seque las lagrimas, me voy a volver a preguntar, ¿soy yo? O ¿es otro?

Contate un cuento VIII - Categoría C - Manuela Diaz Pirro, Alumna de E.S.A Nº 1 de Lobería

Disimulo, agobio y sosiego



¿Será que tuve que disimular no escuchar llantos cada mañana al despertar? ¿Será que tuve que disimular no notar los golpes maquillados en el rostro de mi mamá? ¿Será que tuve que disimular no entender por qué mi papá volvía del trabajo a diario con un ramo de flores pidiendo disculpas? ¿Será que me obligaron a creer que éramos una familia feliz, cuando no había noche que no derrochara miles de lágrimas soñando al otro día despertarme y que esta tormenta haya pasado?
En momentos así, el silencio se apodera de tu vida... Nunca se lo contás a nadie, vas dejando que las palabras se mueran en tu garganta, porque no te animas, porque tenés miedo, o porque al no contarlo te imaginas que no es real.
Nunca me voy a olvidar aquel día que me fui a dormir notando cierta tensión entre ellos, o tal vez que mi mamá no estaba tan sumisa como de costumbre, aunque pensé que iba a ser una noche más, con algún que otro episodio violento que yo pensaba ya tener asumido. A la madrugada me desperté con gritos de auxilio, el sonido de la ambulancia, la sirena policial, los vecinos rondando en mi casa… Me levanté y pregunté qué era lo que había pasado. Me impidieron pasar a la habitación donde “los hechos” habían ocurrido. Nada entendía yo cuando a la fuerza me retiraron de mi casa. Sospeché que algo muy grave estaba pasando.
Me mudé temporariamente a la casa de mis tíos, ellos me dijeron que luego de que le tomen declaraciones a mi madre, podría verla y ella me explicaría bien lo había sucedido.
A pesar de esta pérdida, día a día fui asimilando los hechos. Mi entusiasmo fue enorme, después de tantos años soportando y silenciando esa tortura, vislumbrar una existencia apacible junto a mi madre era alucinante.

Hoy volvemos a despertar...

Contate un cuento VIII - Categoría C - Luciano Nicolás Gonzalez, alumno de E.S. A Nº 1 de Lobería

Dos noches en París

La primera noche que la vi fue en un sueño, era tan hermosa que creo haber sonreído dormido. Yo me encontraba sentado en un banco observando la gran torre Eiffel, maravillosa como la señorita que se encontraba fotografiando el lugar. Minutos después me acerqué y claro, como curioso que soy le pregunté
             -Bon jour, comme est votre nom?-
- Mon nom est Julia, - dijo.
Luego dialogamos un rato sobre la belleza del parque, estábamos muy entretenidos, recuerdo que era alta, rubia, ojos verdes y usaba ropa muy llamativa, muy linda para mi gusto. Al finalizar la charla le ofrecí cenar juntos, el sonido del despertador me dejó sin saber su respuesta. Bajé, tomé el té en el comedor del hotel con vista a la gran Eiffel, cuando me la imagino enfrente de mi,  me siento en la punta de la gran torre. Sentí estar enamorado de alguien que nunca había visto, alguien que quizá ni existía.
Esa misma tarde fui al lugar que soñé la noche anterior, pero solo era un sueño. Tan solo me quedaba un día para poder encontrarla, todo era tan estúpido, soñarla, despertar y querer salir a buscarla como si en la gran ciudad de Paris fuera tan fácil como creía.
Me acosté  y logré empezar a soñar de nuevo, me encontraba en un restaurante tan perfecto que asustaba. Solo una mesa, solo dos sillas, solo ella y yo. Tuvimos una cena muy entretenida, me contó sobre su vida y claro, yo sobre la mía. Recorrimos gran parte de la ciudad con muchas fotos abrazados sonriendo. Fuimos al cine,  vimos una película tan romántica y a la vez se reflejaba esa misma cita. Nos pasamos los mails, las direcciones para poder seguir en contacto por cartas, descubrí que era mi gran amor cuando la miré y la abracé fríamente, debía irme para el hotel para esperar la hora de partir, aunque no quería
Nunca imaginé como terminaría este sueño, pero al despertar me di cuenta que quería seguir durmiendo, soñando seria la palabra correcta. Pero el avión partía en horas y yo debía volver a mi país para poder continuar con mi vida normal.
Bajar del avión fue algo que no creí que iba a ocurrir, pero no todo lo bueno dura para siempre y entendí que yo tenía una vida, un trabajo y una gran familia esperándome. El gran sueño quedó en Paris, el gran restaurante quedó en mi mente, al igual que la gran torre Eiffel, menos ella, se borró de mi completamente. Hoy todo está bien, todo está listo para partir por segunda vez a mi gran sueño volver a Paris. 

Contate un cuento VIII - Categoría B - Braian Hoyos – alumno de E.S. y T Nº 1 de Balcarce

La vida es todo menos sencilla

Es difícil ser pobre pero no es imposible salir adelante, la historia que  voy a contar lo hago con resentimiento y agradecimiento, trato de hablar y contar lo que me sucedió para que las personas sepan cómo sufre la gente de abajo…
 Me llamo Martín, nací en 1992 en la ciudad de Caballito, mi madre falleció por una hemorragia dándome a luz, mi padre invadido por el dolor y la tristeza de la pérdida de su esposa decidió criarme, no me abandonó nunca y me puso el mismo nombre que él.
Vivíamos en una casilla al lado de la vía, mis años de infancia fueron difíciles. En el jardín de infantes la discriminación y la diferencia de clase social se hacían vigente, mis compañeros me miraran diferente. Cuando teníamos que hacer trabajos en grupos nunca me elegían, no me invitaban a sus casas y menos a sus cumpleaños porque yo no tenía la misma ropa que ellos, porque solo tenía un camioncito con el que jugaba todas las tardes y no tenía juguetes caros, para ser más claros era pobre y era el único humilde del salón por esta misma razón y por no tener a mi madre con vida mi infancia fue triste. Siempre esperaba  en cada fiesta que se hacía en el jardín que por la puerta entrara mi mamá con mi disfraz para actuar como los demás chicos pero solo me quedaba en un rincón viendo las sonrisas de mis compañeros y de sus madres.
   El último día de clases y con lágrimas en los ojos recibí mi diploma de egreso, mi padre por su trabajo no pudo estar conmigo en el día más importante de mi vida ya dejaba de ser un niño.
  En el verano me gustaba ir a una casa a tres cuadras de la vía sus dueños se iban de vacaciones y como tenía piscina me bañaba y jugaba hasta tarde. El empleo de mi padre iba empeorando, tenía pocas horas de trabajo y cobraba muy poco .  Yo tenía que empezar la escuela y comprar mis útiles entonces no tuve otra opción que ir al basurero de la ciudad a buscar algo que me sirviera. Encontré una cartuchera, una mochila con el cierre roto y un delantal medio gastado pero estaba muy contento por empezar la escuela y nada me importaba.
Empecé mi primer día en la escuela primaria con una inmensa sonrisa, saludé a mi papá y entré al salón. En ese momento mi sonrisa se fue rápidamente cuando vi a todos mis compañeros del jardín, los que me discriminaban, allí estaban mirándome y hablando entre ellos en voz baja. Pero me llamó la atención que en el fondo había una chica que no conocía, ella era muy hermosa, estaba sola y se notaba que no estaba bien, con un poco de timidez me acerqué y le pregunté si me podía sentar al lado suyo, ella me miró a los ojos me sonrió y no dude en sentarme sin darme cuenta de que esa persona me iba a cambiar la vida por completo.
Se llamaba Milagros hacía una semana que se había mudado a caballito, tenía los ojos de color verdes, el pelo castaño, le gustaba leer libros y salir a andar en bicicleta, teníamos una buena amistad estábamos todo el día juntos y lo más importante era que entendía mi situación de vida. Sus padres habían muerto en un accidente de tránsito cuando ella tenía cuatro años, su tía la trajo a vivir con ella sin embargo las cosas empeoraron y Milagros tuvo que salir a pedir en la calle para poder comer. Había pasado por momentos donde fue víctima de discriminación igual que yo por eso no me sentía solo, contaba con el apoyo de ella cuando me ponía a pensar que hay otros que tienen mejor vida y no se lo merecen, pero mi padre y Milagros me enseñaron a entender que la vida no la podes elegir, que no estaba solo, y además no era el único, hay otros que están pasando miseria, indigencia, penurias y necesitan una mano para salir adelante y no darse por vencido.
Pasaron los años mis calificaciones eran muy buenas, pero mi papá seguía en el mismo trabajo con un sueldo mínimo que no nos alcanzaba para comer. Una tarde de diciembre del 2001 llegué de la escuela y encontré a todos los compañeros del trabajo de mi papá y vecinos con carteles que decían “¡que se vayan todos!”, pintura, bombos y cacerolas. Me acerqué a mi papá y le pregunté qué estaba pasando y él me contestó: “el país está en crisis y si no lo impedimos ya no va a ver vuelta atrás”. Además me dijo que me quedara en casa pero no cumplí con la orden y lo seguí sin que me viera. Llegamos a una plaza que antes era alegre llena de palomas y  ese día se llenó de gritos, insultos y rostros tristes que jamás me voy a olvidar. Íbamos avanzando acompañado de mucha gente, los gritos empezaron a aumentar, el miedo aparecía en mí, busqué a mi papá y con mucho pánico lo abrasé y caminamos juntos, desde el fondo de una calle aparecieron camiones hidrantes, “monstruos” armados en caballo bajo al mando de “chupete” que nos atacaron.
 Me acuerdo de un grupo de abuelas con pañuelos blancos en sus cabezas que fueron agredidas. Al verlas no pude contener mis lágrimas, comenzaron a sonar sirenas, nos lanzaban proyectiles, agua, gases y nosotros los agredíamos con piedras, insultos, gritos, ruidos de tarros y cacerolas a comparación de ellos éramos muy débiles. Fueron dos días en los cuales acompañé a mi padre en todo momento hasta ese 20 de diciembre donde él fue mártir de golpes y balas, renunciaba a sus honores, pero no a la lucha, llorando me miró a los ojos y con sus pocas fuerzas me dijo: “procura ser valiente para que nadie pueda herirte, sé noble para que nadie te humille, sé humilde para que todos quieran estar contigo, sigue siendo tú para que nadie te olvide”. Sentí que el mundo se caía, mis lágrimas limpiaban la sangre que recorría en el cuerpo de mi padre, pero mi fe y mi valentía no desaparecieron, corrí el cuerpo del campo de batalla, entre los saqueos y robos a los supermercados pasó un señor con una manta que se le cayó y con ella tapé los restos de ese gran luchador que solo quería que se termine la corrupción y que nos devuelvan lo que era nuestro.
Me pasó todo en esta vida sin embargo nunca me di por vencido. Todos los domingos voy a sentarme en un banquito cerca de donde descansan los restos de mi padre, recordando las frases del libro “Martín Fierro” que él me repetía cada vez que me sentía triste, como todo Argentino sabe el gaucho Martin Fierro fue un luchador que criticaba al indio y al inmigrante que no servía su presencia en el país, denuncia la corrupción y refleja el dolor, la humillación y la marginación, creo que mi padre fue un simple reflejo de Martín Fierro y me siento orgulloso de llevar el nombre de dos personas que tuvieron un rol importante y que no se dejaron dirigir por nadie.
Milagros me siguió acompañando en todo momento, le declaré mi amor y ella aceptó mi petición de ser su novio, desde ese día las cosas cambiaron. Pasaron los años seguí estudiando, me gradué, me casé y tuve dos hijos, soy abogado pero siempre seguí pensando en los demás, en la gente que se encuentra en la misma situación que yo estuve, por esa razón fundé un centro para indigentes, para lo que están en situación de calle, con asistencia médica, comedor y espacio para descansar por las noches, para que no se sientan solos. Siempre hay alguien que está para darte una mano y ayudarte en los momentos tristes. Todavía hay muchos pobres en el mundo está en uno dejar de lado la soberbia y ayudar a los que más necesitan para cambiar la situación que algunos países viven.
 La vida es todo menos sencilla y vale la pena ser vivida aunque tenga muchos obstáculos si luchas por lo que querés no cabe duda que se cumplan tus deseos.