lunes, 28 de julio de 2014

CLUB ARGENTINO DE SERVICIO 2 DE ABRIL
San Martín 248 - 7100 DOLORES- Provincia Buenos Aires . Argentina
Fundado el 19 de mayo de 1982

“XXI Certamen de Poesías de Temas Gauchescos 2014”


BASES

1) El XXI Certamen de poesías de temas gauchescos es abierto para poetas argentinos y de países limítrofes, con obras escritas en castellano y para participar no abonarán arancel.

2) El género será gauchesco. Se sugieren los siguientes temas: El gaucho, el caballo, el recado, el lazo, la yerra, la doma, las cuadreras, la taba, el rancho, el resero, la pulpería, el mate y toda manifestación que esté relacionada con la vida, las costumbres y el paisaje del gaucho.

3) Cada autor podrá participar con una o dos poesías que no hayan tenido premio ni mención en otro certamen. Sólo uno de los temas podrá ser premiado.

4) La construcción estrófica será libre, con medida octosilábica y rima consonante o asonante, con una extensión mínima de 30 versos y máxima de 60.

5) Los trabajos serán firmados con seudónimo, escritos a máquina o computadora y presentados por triplicados. En un sobre cerrado, en cuyo frente figure el o los títulos y el seudónimo, se incluirá en su interior nombre y apellido del autor, domicilio, teléfono y correo electrónico si tuviese. Los trabajos deberán enviarse a “Certamen 2 de Abril”. Carranza 625 . 7100 DOLORES. Provincia Buenos Aires. Argentina. El plazo de admisión caducará el 11 de septiembre de 2014.

6) Se otorgarán tres premios consistentes en medallas y diplomas y, de acuerdo con el criterio del jurado, se otorgarán hasta dos premios más y las menciones que el mismo considere. Los autores distinguidos recibirán un cuadernillo con los textos de los temas premiados.

7) El jurado tendrá en cuenta para dictaminar la originalidad del tema, uso del lenguaje, figuras literarias, construcción, y se expedirá en un plazo no mayor de 40 días después del cierre de admisión de las obras, y los premios se entregarán el primer domingo de noviembre de 2014 en el curso de un almuerzo sin cargo para los premiados.

8) El hecho de participar, implica aceptar las condiciones de estas Bases y todo asunto no previsto en las mismas, será resuelto por la institución organizadora de acuerdo con el jurado.


9) Para más informes: Mail: juancarlospirali@yahoo.es o teléfono (02245- 443078 DOLORES, provincia de Buenos Aires.

sábado, 26 de julio de 2014

Poesías de Antonio Machado (Selección)

Elegía de un madrigal

Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,
¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,
bajo el azul monótono, un ancho y terso río
que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia
que borra el misterioso azogue del cristal!
¡Oh el alma sin amores que el Universo copia
con un irremediable bostezo universal!

Quiso el poeta recordar a solas,
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos
que él llamaba en sus rimas rubias olas.
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
Y un día ?como tantos?, al aspirar un día
aromas de una rosa que en el rosal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabellos
que él en sus madrigales llamaba rubias olas,
brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...
Y se alejó en silencio para llorar a solas.

De “Humorismo, fantasías y apuntes”



La muerte del niño herido

Otra vez en la noche... Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!

-Duerme, hijo mío. -Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. -¡Oh, flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

fuera, la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!



Parábola

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
y el caballito soñado
y el caballo de verdad.

Y cuando le vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!


CONSEJOS

 Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
así en la costa un barco sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.


LXXVIII

¿Y ha de morir contigo el mundo mago
donde guarda el recuerdo
los hálitos más puros de la vida,
la blanca sombra del amor primero,

  la voz que fue a tu corazón, la mano
que tú querías retener en sueños,
y todos los amores
que llegaron al alma, al hondo cielo?

  ¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo,
la vieja vida en orden tuyo y nuevo?

¿Los yunques y crisoles de tu alma
trabajan para el polvo y para el viento?

De “Galerías”



Nasreddin - Selección de cuentos

El rey se imaginaba que era un gran cantante. Un día llamó a Nasredín y le dijo que escuchara su última canción. Después de las primeras notas, Nasredín estalló a reír.
-¡Que voz más horrible! -dijo entre carcajadas mientras las lágrimas le caían
por el rostro. Muy agraviado, el rey lo tuvo encerrado en el calabozo durante dos semanas.
Pasado ese tiempo, volvió a llamar a Nasredín.
-Tengo otra canción para ti, sabio. Tal vez el tiempo que has estado en la celda
haya afinado tu oído.
Cuando el rey estaba a mitad de canción, vio que Nasredín se levantaba con
intención de marcharse.
-¿Dónde piensas ir?- le retuvo.
-Regreso a mi celda.



Nasrudin conversaba con un amigo.
- Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte?
- Sí pensé -respondió Nasrudin. -En mi juventud, resolví buscar a la mujer perfecta. Crucé el desierto, llegué a Damasco, y conocí una mujer muy espiritual y linda; pero ella no sabía nada de las cosas de este mundo.
Continué viajando, y fui a Isfahan; allí encontré una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita.
Entonces resolví ir hasta El Cairo, donde cené en la casa de una moza bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material.
- ¿Y por qué no te casaste con ella?
- ¡Ah, compañero mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

Pensamientos descabellados (Selección) - Por Stanislaw Jerzy Lec

-A veces es necesario callar para ser oído.

-Reflexiona antes de pensar.

-El que comienza a ver, muchas veces tiene que hacerse el ciego para salvarse.

-Desde la eternidad los hombres mantienen entre ellos un monólogo.

-Todos quieren nuestro bien. No dejes que te lo saquen.

-El sonido no vuelve nunca a la cuerda.

-A quien se queda sin palabras, el estado se las da gratis.

-Más fácil es conceder a alguien una alabanza que un derecho.

-Los hombres de menor calidad se venden al más alto precio.

-La tinta es un material inflamable.

-Para muchos productos existen actualmente envases de plástico; Pero la carne

 Humana se sigue vendiendo envuelta en papel de diario.

-Todos somos iguales ante la ley. Pero no ante los encargados de aplicarla.

-A un genio se le perdonan muchas cosas. Después de su ejecución.

-El que poetiza la libertad, la convierte en fantasía.

-A muchos poetas les perturba que las palabras tengan además un significado.

-Su ignorancia es enciclopédica.

-Hubiera comprendido muchas cosas si no me las hubieran explicado.

FERROCARRIL A GENERAL GUTIÉRREZ Por Chamico (Conrado Nalé Roxlo) del libro “El muerto profesional”

General Gutiérrez era un pueblo de tres mil habitantes y dos mil novecientas cincuenta almas, según La Parroquia, órgano oficial del grupo tradicionalista, que no concedía ese ingrediente espiritual a las cincuenta cabezas visibles y parlantes del grupo progresista, con cuyo vocero, El Rayo del Porvenir, sostenía apasionadas polémicas de carácter doctrinario.
Para decirlo francamente, los progresistas no habían hecho nunca nada por el progreso del pueblo. Pero esto era solo por falta de ocasión y en lo que estaba al alcance de sus medios eran tan progresistas como el mejor de otros centros más adelantados. No iban a misa, eran vagamente masones y se reunían en la Sociedad de Fomento a jugar al truco, en lugar de hacerlo en el Club Social, como sus contrarios.
Además de estas actividades superiores, una vaga agricultura y una desparramada ganadería, General Gutiérrez tenía un lugar histórico, enaltecido en folletos, odas y festivales escolares por los tradicionalistas y tolerado por los de la antorcha simbólica, que tenían el buen tino de no meterse con él.
El Lugar Histórico, que siempre se escribía con mayúscula, era un potrero, entrando al pueblo a mano derecha, como de una manzana, en el que la cepa caballo, la biznaga y el recuerdo de nuestro glorioso pasado crecían libremente, al amparo de un clima propicio y de una oratoria sin consecuencias. Solo se le podía echar en cara un defecto, pero que bien mirado tal vez fuera su mayor encanto: nunca se supo con seguridad qué es lo que había ocurrido allí, ni si fue en la época de la conquista, durante la independencia o en los complicados tiempos de la organización nacional, pero de que era un lugar histórico no cabía duda, pues ahí estaba la tradición, "fuente Castalia o de la cultura", según el editorialista de La Parroquia, para afirmarlo "con sus clarines sonoros en la exaltación de las efemérides fáusticas".
Años atrás se trató de levantar un monumento conmemorativo, y la primera parte del programa se cumplió con todo éxito.
Se realizó una velada literario-musical, seguida de baile familiar, como cuando las inundaciones; se rifó un centro de mesa, que estuvo expuesto durante un mes en la vidriera de "Las Novedades", y se cambiaron algunas cartas con un escultor italiano de la capital para la realización del monumento que desde el primer momento se resolvió que fuera ecuestre, por feliz sugestión de La Parroquia.
Todo estaba listo, cuando surgió un grave inconveniente. ¿Qué se conmemoraba? Entonces comenzaron los historiadores locales a opinar. Era indudable que se   trataba   de   una   batalla;   pero,   ¿entre quiénes?, ¿quién fue el héroe de aquella jornada gloriosa, a cuyo recuerdo olvidado aún se estremecían de santo orgullo los generalgutierrences? Se insinuó que el héroe debía pertenecer a una de las familias fundadoras del pueblo; pero ¿a cuál? ¿Cómo poner a un Martínez, un Pérez o un López, sin ofender a los Rodríguez, a los Fernández o a los Martorena del lugar? El propio general Gutiérrez que daba nombre al pueblo habría sido una solución; pero parece que fue un general de administración que tuvo campos por allí, y ellos querían un héroe con sable epónimo y todo. El escultor, que veía que con todo aquel toletole se le escapaba la obra, sugirió que se pusiera una Venus de Milo, pero la idea no tuvo ambiente. Tampoco lo tuvo el obelisco que   propuso  El  Rayo   del  Porvenir,  porque,  como dijo La Parroquia, "¿quién conocía en el pueblo a ese Obelisco, que a lo mejor era un socialista o algo peor, si es posible?"
Y pasaron los meses y los años sin que en la construcción .del monumento se adelantara un solo cascote.
En esto se estaba cuando estalló la bomba. Iba a pasar por el pueblo un ramal de ferrocarril, y tenía que pasar precisamente por el Lugar Histórico.
Los progresistas andaban que se salían de la vaina de contentos. Pero los del grupo tradicionalista torcieron el gesto y empuñaron la pluma para protestar de tamaño ultraje a la tradición. Venga el tren en buena hora, que ellos no se opondrían, si es que venía con buen fin. Pero, ¡guay de la locomotora que hollase con sus cascos la tierra regada con la sangre de nuestros abuelos! ¡Iniquidades, no!, terminaba el articulista de La Parroquia.
Se habló con los constructores de la línea férrea, pero éstos respondieron que el trazado no podía desviarse. Y el dilema se presentó con caracteres trágicos a los defensores del pasado glorioso e impreciso: o ferrocarril o Lugar Histórico.
¡Ferrocarril!  gritaban los progresistas.
¡Lugar Histórico! vociferaban los de la tradición.
Y hasta hubo, por primera vez en el pueblo, algunos cambios de bastonazos en nombre de ideales encontrados.
La tensión de los ánimos creció con los chichones. Un grupo de tradicionalistas exaltados y reumáticos le rompió la locomotora de los manises al italiano don Chicho, viendo en ella una provocación injustificable.
En venganza, los progresistas le dieron un banquete popular, con muchos discursos en los que se tronaba todavía a  la barbarie. Y ya bien entonados por el abundante barbera de los brindis, en larga fila ondulante y pitante, pasearon por el pueblo, haciendo el tren y liando los nombres de imaginarias estaciones. Y no satisfechos con eso se fueron al Lugar Histórico y plantaron un letrero que decía: "Próximamente: Estación Ferroviaria."
El letrero fue arrancado a la mañana siguiente, en un acto de desagravio, al que concurrieron los niños de las escuelas y todos los oradores del grupo tradicionalista.
La víctima, la única víctima digna de atención de iodos estos líos, era el alcalde, hombre prudente y de buen sentido que amaba entrañablemente al Lugar Histórico y sentía cierta naciente debilidad por el ferrocarril. De un lado lo tironeaban los tradicionalistas para que no permitiera el ultraje, y del otro los progresistas para que diera vía libre a la cultura, como llamaban al tren. Y como de él dependía, se pasaba las noches sin dormir, buscando la solución del problema y la pacificación de almas y habitantes.
Por fin la encontró. Y los generalgutierrences quedaron con la boca abierta ante este decreto salomónico:
"Autorízase el paso del ferrocarril por el sitio conocido hasta la fecha por el Lugar Histórico, que desde hoy se traslada a la Loma Verde-, dándosele, para mayor honra de nuestro pasado glorioso, triple extensión de la que tenía antes."
Y la paz volvió a General Gutiérrez, y todos pudieron celebrar sin desmedro de ninguna causa sagrada el paso del primer tren, y el primer pitido de la locomotora resonó en todos los corazones jubilosamente como el arpegio de las trompetas de Jericó en el Valle de Josafat, según dijo La Parroquia en un meditado editorial.

miércoles, 23 de julio de 2014

El mozo que quería aprender lo que es el miedo - Por los hermanos Jacob & Wilhelm Grimm

Erase un padre que tenía dos hijos, el mayor de los cuales era listo y despierto, muy despabilado y capaz de salir con bien de todas las cosas. El menor, en cambio, era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada, y cuando la gente lo veía, no podía por menos de exclamar: «¡Éste sí que va a ser la cruz de su padre!».
Para todas las faenas había que acudir al mayor; no obstante, cuando se trataba de salir ya anochecido a buscar alguna cosa, y había que pasar por las cercanías del cementerio o de otro lugar tenebroso y lúgubre, el mozo solía resistirse:
—No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!
Pues, en efecto, era miedoso.
En las veladas, cuando reunidos todos en torno a la lumbre, alguien contaba uno de esos cuentos que ponen carne de gallina, los oyentes solían exclamar: «¡Oh, qué miedo!». El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin acertar a comprender su significado.
—Siempre están diciendo: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!». Pues yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que yo no entiendo nada.
Un buen día le dijo su padre:
—Oye, tú, del rincón. Ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas también alguna cosa con que ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza; en cambio, contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío.
—Tenéis razón, padre —respondió el muchacho—. Yo también tengo ganas de aprender algo. Si no os pareciera mal, me gustaría aprender a tener miedo; de esto no sé ni pizca.
El mayor se echó a reír al escuchar aquellas palabras, y pensó para sí: «¡Santo Dios, y qué bobo es mi hermano! En su vida saldrá de él nada bueno. Pronto se ve por dónde tira cada uno».
El padre se limitó a suspirar y a responderle:
—Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con esto no vas a ganarte el sustento.
A los pocos días tuvieron la visita del sacristán. Contóle el padre su apuro, cómo su hijo menor era un inútil; ni sabía nada, ni era capaz de aprender nada.
—Sólo os diré que una vez que le pregunté cómo pensaba ganarse la vida, me dijo que quería aprender a tener miedo.
—Si no es más que eso —repuso el sacristán—, puede aprenderlo en mi casa. Dejad que venga conmigo. Yo os lo desbastaré de tal forma, que no habrá más que ver.
Avínose el padre, pensando: «Le servirá para despabilarse». Así, pues, se lo llevó consigo y le señaló la tarea de tocar las campanas.
A los dos o tres días despertólo hacia medianoche y le mandó subir al campanario a tocar la
campana. «Vas a aprender lo que es el miedo», pensó el hombre mientras se retiraba sigilosamente.
Estando el muchacho en la torre, al volverse para coger la cuerda de la campana vio una forma blanca que permanecía inmóvil en la escalera, frente al hueco del muro.
—¿Quién está ahí? —gritó el mozo. Pero la figura no se movió ni respondió—. Contesta —insistió el muchacho— o lárgate; nada tienes que hacer aquí a medianoche.
Pero el sacristán seguía inmóvil, para que el otro lo tomase por un fantasma. El chico le gritó por segunda vez:
—¿Qué buscas ahí? Habla si eres persona cabal, o te arrojaré escaleras abajo.
El sacristán pensó: «No llegará a tanto», y continuó impertérrito, como una estatua de piedra.
Por tercera vez le advirtió el muchacho, y viendo que sus palabras no surtían efecto, arremetió contra el espectro y de un empujón lo echó escaleras abajo, con tal fuerza que, mal de su grado, saltó de una vez diez escalones y fue a desplomarse contra una esquina, donde quedó maltrecho.
El mozo, terminado el toque de campana, volvió a su cuarto, se acostó sin decir palabra y quedóse dormido. La mujer del sacristán estuvo durante largo rato aguardando la vuelta de su marido; pero viendo que tardaba demasiado, fue a despertar ya muy inquieta al ayudante y le preguntó:
—¿Dónde está mi marido? Subió al campanario antes que tú.
—En el campanario no estaba —respondió el muchacho—. Pero había alguien frente al hueco del muro, y como se empeñó en no responder ni marcharse, he supuesto que era un ladrón y lo he arrojado escaleras abajo. Id a ver, no fuera caso que se tratase de él. De veras que lo sentiría. La mujer se precipitó a la escalera y encontró a su marido tendido en el rincón, quejándose y con una pierna rota.
Lo bajó como pudo y corrió luego a la casa del padre del mozo, hecha un mar de lágrimas:
—Vuestro hijo —lamentóse— ha causado una gran desgracia; ha echado a mi marido escaleras abajo, y le ha roto una pierna. ¡Llevaos en seguida de mi casa a esta calamidad!
Corrió el padre, muy asustado, a casa del sacristán, y puso a su hijo de vuelta y media:
—¡Eres una mala persona! ¿Qué maneras son ésas? Ni que tuvieses el diablo en el cuerpo.
—Soy inocente, padre —contestó el muchacho—. Os digo la verdad. Él estaba allí a medianoche, como si llevara malas intenciones. Yo no sabía quién era, y por tres veces le advertí que hablase o se marchase.
—¡Ay! —exclamó el padre—. ¡Sólo disgustos me causas! Vete de mi presencia, no quiero volver a verte.
—Bueno, padre, así lo haré; aguardad sólo a que sea de día, y me marcharé a aprender lo que es el miedo; al menos así sabré algo que me servirá para ganarme el sustento.
—Aprende lo que quieras —dijo el padre—; lo mismo me da. Ahí tienes cincuenta florines; márchate a correr mundo y no digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, pues eres mi mayor vergüenza.
—Sí, padre, como queráis. Si sólo me pedís eso, fácil me será obedeceros.
Al apuntar el día embolsó el muchacho sus cincuenta florines y se fue por la carretera. Mientras andaba, iba diciéndose: «¡Si por lo menos tuviera miedo! ¡Si por lo menos tuviera miedo!». En esto acertó a pasar un hombre que oyó lo que el mozo murmuraba, y cuando hubieron andado un buen trecho y llegaron a la vista de la horca, le dijo:
—Mira, en aquel árbol hay siete que se han casado con la hija del cordelero, y ahora están
aprendiendo a volar. Siéntate debajo y aguarda a que llegue la noche. Verás cómo aprendes lo que es el miedo.
—Si no es más que eso —respondió el muchacho—, la cosa no tendrá dificultad; pero si realmente aprendo qué cosa es el miedo, te daré mis cincuenta florines. Vuelve a buscarme por la mañana. Y se encaminó al patíbulo, donde esperó sentado la llegada de la noche. Como arreciara el frío, encendió fuego; pero hacia medianoche empezó a soplar un viento tan helado, que ni la hoguera le servía de gran cosa. Y como el ímpetu del viento hacía chocar entre sí los cuerpos de los ahorcados, pensó el mozo: «Si tú, junto al fuego, estás helándote, ¡cómo deben pasarlo esos que patalean ahí arriba!»
Y como era compasivo de natural, arrimó la escalera y fue desatando los cadáveres, una tras otro, y bajándolos al suelo. Sopló luego el fuego para avivarlo, y dispuso los cuerpos en torno al fuego para que se calentasen; pero los muertos permanecían inmóviles, y las llamas prendieron en sus ropas
Al verlo, el muchacho advirtióles:
—Si no tenéis cuidado, os volveré a colgar.
Pero los ajusticiados nada respondieron, y sus andrajos siguieron quemándose. Irritóse entonces el mozo:—
Puesto que os empeñáis en no tener cuidado, nada puedo hacer por vosotros; no quiero quemarme yo también.
Y los colgó nuevamente, uno tras otro; hecho lo cual, volvió a sentarse al lado de la hoguera y se quedó dormido.
A la mañana siguiente presentóse el hombre, dispuesto a cobrar los cincuenta florines.
—Qué, ¿ya sabes ahora lo que es el miedo?
—No —replicó el mozo—. ¿Cómo iba a saberlo? Esos de ahí arriba ni siquiera han abierto la boca, y fueron tan tontos, que dejaron se quemasen los harapos que llevan.
Vio el hombre que por aquella vez no embolsaría los florines, y se alejó murmurando:
—En mi vida me he topado con un tipo como éste.
Siguió también el mozo su camino, siempre expresando en voz alta su idea fija: «¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo! ¡Si por lo menos supiese lo que es el miedo!».
Oyólo un carretero que iba tras él, y le preguntó:
—¿Quién eres?
—No lo sé —respondió el joven.
—¿De dónde vienes? —siguió inquiriendo el otro.
—No lo sé.
—¿Quién es tu padre?
—No puedo decirlo.
—¿Y qué demonios estás refunfuñando entre dientes?
—¡Oh! —respondió el muchacho—, quisiera saber lo que es el miedo, pero nadie puede enseñármelo.
—Basta de tonterías —replicó el carretero—. Te vienes conmigo y te buscaré alojamiento.
Acompañóle el mozo y, al anochecer, llegaron a una hospedería. Al entrar en la sala repitió el mozo en voz alta:
—¡Si al menos supiera lo que es el miedo!
Oyéndolo el posadero, se echó a reír y dijo:
—Si de verdad lo quieres, tendrás aquí buena ocasión para enterarte.
—¡Cállate, por Dios! —exclamó la patrona—. Más de un temerario lo ha pagado ya con la vida. ¡Sería una pena que esos hermosos ojos no volviesen a ver la luz del día!
Pero el muchacho replicó:
—Por costoso que sea, quisiera saber lo que es el miedo; para esto me marché de casa.
Y estuvo importunando al posadero, hasta que éste se decidió a contarle que, a poca distancia de allí, se levantaba un castillo encantado donde, con toda seguridad, aprendería a conocer el miedo si estaba dispuesto a pasar tres noches en él. Díjole que el Rey había prometido casar a su hija, que era la doncella más hermosa que alumbrara el sol, con el hombre que a ello se atreviese. Además, había en el castillo valiosos tesoros, capaces de enriquecer al más pobre, que estaban guardados por espíritus malos, y podrían recuperarse al desvanecerse el maleficio. Muchos lo habían intentado ya, pero ninguno había escapado con vida de la empresa. A la mañana siguiente, el joven se presentó al Rey y le dijo que, si se le autorizaba, él se comprometía a pasarse tres noches en vela en el castillo encantado.
Mirólo el Rey, y como su aspecto le resultara simpático, dijo:
—Puedes pedir tres cosas para llevarte al castillo, pero deben ser cosas inanimadas.
A lo que contestó el muchacho:
—Dadme entonces fuego, un torno y un banco de carpintero con su cuchilla.
El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo. Al anochecer subió a él el muchacho, encendió en un aposento un buen fuego, colocó al lado el banco de carpintero con la cuchilla y sentóse sobre el torno.
—¡Ah! ¡Si por lo menos aquí tuviera miedo! —suspiró—. Pero me temo que tampoco aquí me enseñarán lo que es.
Hacia medianoche quiso avivar el fuego, y mientras lo soplaba oyó de pronto unas voces, procedentes de una esquina, que gritaban:
—¡Au, miau! ¡Qué frío hace!
—¡Tontos! —exclamó él—. ¿Por qué gritáis? Si tenéis frío acercaos al fuego a calentaros.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, llegaron de un enorme brinco dos grandes gatos negros que, sentándose uno cada lado, clavaron en él una mirada ardiente y feroz. Al cabo de un rato, cuando ya se hubieron calentado, dijeron:
—Compañero, ¿qué te parece si echamos una partida de naipes?
—¿Por qué no? —respondió él—. Pero antes mostradme las patas.
Los animales sacaron las garras.
—¡Ah! —exclamó el muchacho—. ¡Vaya uñas largas! Primero os las cortaré.
Y, agarrándolos por el cuello, los levantó y los sujetó por las patas al banco de carpintero.
—Os he adivinado las intenciones —dijo— y se me han pasado las ganas de jugar a cartas.
Acto seguido los mató de un golpe y los arrojó al estanque que había al pie del castillo.
Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el punto de que ya no sabía él donde meterse.
Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta que, al fin, se amoscó y empuñando la cuchilla y gritando: «¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!», arremetió contra el ejército de alimañas. Parte de los animales escapó corriendo; el resto los mató y arrojó sus cuerpos al estanque.
De vuelta al aposento reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó nuevamente a calentarse y, estando así sentado, le vino el sueño con una gran pesadez en los ojos. Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. «A punto vienes», dijo, y se acostó en ella sin pensarlo más.
Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera recorrer todo el castillo. «¡Tanto mejor!», se dijo el mozo. Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima. Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo y, exclamando: «¡Qué pasee quien tenga ganas!», volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.
A la mañana siguiente se presentó el Rey y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo habrían matado.
—¡Lástima, tan guapo mozo! —dijo.
Oyólo el muchacho e, incorporándose, exclamó:
—¡No están aún tan mal las cosas!
El Rey, admirado y contento, preguntóle qué tal había pasado la noche.
—¡Muy bien! —respondió el interpelado—. He pasado una, también pasaré las dos que quedan.
Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándole como quien ve visiones.
—Jamás pensé volver a verte vivo —le dijo—. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.
—No —replicó el muchacho—. Todo es inútil. ¡Ya no sé qué hacer!
Al llegar la segunda noche, encaminóse de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la vieja canción: «¡Si siquiera supiese lo que es el miedo!».
Antes de medianoche oyóse un estrépito. Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio y, al fin, emitiendo un agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.
—¡Caramba! —exclamó el joven—. Aquí falta una mitad. ¡Hay que tirar más!
Volvió a oírse el estruendo y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.
—Aguarda —exclamó el muchacho—. Voy a avivarte el fuego.
Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre horrible estaba sentado en su sitio.
—¡Eh, amigo, que éste no es el trato! —dijo—. El banco es mío.
El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se instaló en su asiento.
Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos calaveras y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos.
Al muchacho le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:
—¡Hola!, ¿puedo jugar yo también?
—Sí, si tienes dinero.
—Dinero tengo —respondió él—. Pero vuestros bolos no son bien redondos —y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente—. Ahora rodarán mejor —dijo—. ¡Así da gusto!
Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y durmió tranquilamente.
A la mañana siguiente presentóse de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.
—¿Cómo lo has pasado esta vez? —preguntóle.
—Estuve jugando a los bolos y perdí unos cuantos florines.
—¿Y no sentiste miedo?
—¡Qué va! —replicó el chico—. Me he divertido mucho. ¡Ah, si pudiese saber lo que es el miedo!
La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado: «¡Por qué no puedo sentir miedo!»
Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd. Dijo él entonces:
—Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.
Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:
—¡Ven, primito, ven aquí!
Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa; contenía un cuerpo muerto. Tocóle la cara, que estaba fría como hielo.
—Aguarda —dijo—. Voy a calentarte un poquito.
Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero éste seguía frío. Lo saco entonces del ataúd, sentóse junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le ocurrió que metiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se echó a su lado.
Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el mozo:
—¡Ves, primito, como te he hecho entrar en calor!
Pero el muerto se incorporó gritando:
—¡Te voy a estrangular!
—¿Esas tenemos? —exclamó el muchacho—. ¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd. Y, levantándolo, metiólo en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se lo llevaron.
—No hay manera de sentir miedo —se dijo—. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara aquí toda la vida.
Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto; pero era viejo y llevaba una luenga barba blanca.
—¡Ah, bribonzuelo —exclamó—; pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!
—¡Calma, calma! —replicó el mozo—. Yo también tengo algo que decir en este asunto.
—Deja que te agarre —dijo el ogro.
—Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.
—Eso lo veremos —replicó el viejo—. Si lo eres, te dejaré marchar.
—Ven conmigo, que haremos la prueba.
Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.
—Yo puedo hacer más —dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque.
El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.
—Ahora te tengo en mis manos —le dijo—; tú eres quien va a morir.
Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico, desclavó el hacha y lo soltó. Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres arcas llenas de oro.
—Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, y la tercera, para ti.
Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en tinieblas.
—De algún modo saldré de aquí —se dijo.
Y, moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde se echó a dormir junto al fuego.
A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:
—Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.
—No —replicó el muchacho—. ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie me ha dicho una palabra.
Dijo entonces el Rey:
—Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.
—Todo eso está muy bien —repuso él—. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.
Sacaron el oro y celebróse la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa y se sentía muy satisfecho, no cesaba de susurrar: «¡Si al menos supiese lo que es el miedo!». Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:
—Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.
Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruida por la camarera, le quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho.
Éste despertó de súbito y echó a gritar:

—¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mía! ¡Ahora sí que sé lo que es el miedo

sábado, 19 de julio de 2014

LA VISITA - Por María Neder

      En aquel momento le pedí bésame. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus dientes tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, era real, que era suya, que lo fui en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien (que habrá pasado frente a nosotros) dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.

Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Uno sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado, yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzado para entregar una citación). Paul tuvo que subir, porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no, porque qué bien Paul aquí, desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo, aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de poker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de mis mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.
Por la noche fue Neil, que aun con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en su gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele uno hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a uno esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. Callé mil preguntas y calmé a Neil de sus, vulgares más que lógicas, suposiciones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.
El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá también habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.
Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió, aunque por suerte para nosotros Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima y entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público y yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas seis cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida, con los ojos brillosos; con toda su sonrisa atragantada lo mira a Neil contándole que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.
Mutismo es también brutalidad, cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento no sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo venía, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, porque la locura altera todos los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que uno no sabe, que uno se piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.
Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul, porque nosotros vamos caminando, le dijimos.
El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento le pedí bésame.

Del libro “Entre los huecos”, ediciones del Dock